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PERFECCIÓN

    Era una mujer perfecta, tenía una vida perfecta y gozaba de la compañía de un hombre perfecto.

    Aquella mañana, tras haber estado observando a su marido mientras la luz del incipiente día era tamizada por la ondulante cortina, aprovechaba para componerle los jirones del cabello hasta darle un aspecto gracioso, pero sin caer en lo ridículo. Él se despertaba con una sonrisa.

    – El almendro está a punto de florecer – dijo él.

    A ella se le iluminó el rostro. Paseó su cuerpo desnudo hasta el ventanal y apartó la cortina como una diosa que se abre paso entre las telas del Olimpo.

    Amaba aquel árbol que era capaz de encalar, cada final de febrero, una porción de su jardín.

    Después de desayunar, Elena se abrigó y salió al jardín, donde se entretuvo observando las yemas del almendro. Él la despidió con un beso en la nuca, antes de montar en su Mercedes.

    – Te lo dije – comentó mientras se colocaba las gafas de sol –. Con la temperatura que hace, se va a poner precioso.

    Arrancó y se fue bordeando la costa mediterránea hasta el polígono industrial donde se encontraba su próspera empresa de almacenaje, congelación y distribución de productos alimentarios.

    Elena tenía una vocación innata que la guiaba hacia la belleza, una obsesión que la llevó a un grave desequilibrio cinco años antes. Superado ese episodio, con la ayuda de un buen profesional y de su marido, se dedicó al diseño, la moda y la decoración. Se trasladaron a aquella casa junto al acantilado, donde la hermosura inconmensurable del mar inundaba sus vidas. Allí plasmó sus conocimientos, acondicionando el chalet y simplificando el jardín hasta darle las formas y los tonos propios de un ambiente latino.

    Aquel almendro fue respetado y mimado. Cada nueva floración era recibida como un síntoma de renovación. Juan no se equivocó, en tan sólo veinticuatro horas el árbol se adornó con su fulgor blanco. La fragancia era intensa, melosa, y las abejas no tardaron en acudir a la llamada.

    Elena supo apreciar tanta belleza, pero en esa ocasión los insectos casi los entendió como una agresión hacia aquella obra natural.

    Se vistió con tranquilidad, pero sus ojos evidenciaban que su mente se afanaba en la búsqueda de una solución ante un problema que iba inundando su mente, como lo hace la aparición de una grieta en el casco de un buque.

    La pareja se cruzó aquella tarde cuando él regresaba a casa, cada uno en su coche.

    – ¿Dónde vas, preciosa?

    – A tirar basura – comentó sin más.

    Le lanzó un beso, que se volvía sensual cuando surgía de aquellos bellos labios, y prosiguió con el vehículo.

    Paró su coche ante los contenedores y un vecino se ofreció a ayudarla a depositar la enorme bolsa que contenía lonas de plástico y aerosoles.

    – ¿Ha estado lacando las puertas? – preguntó el hombre –. Tengo un olfato excelente.

    Ella le dio las gracias y se marchó sin más.

    Ya en casa, su marido le comentó:

    – Hoy olía raro en el jardín.

    Pero el continuo flujo de aire proveniente del mar disipaba con rapidez cualquier pestilencia.

    – ¿Qué tal día has tenido? – preguntó ella conforme se masajeaba levemente una tímida arruga que había aparecido en un lateral de su barbilla y que la obcecaba cada día con mayor frecuencia.

    – Se estropeó una de las cámaras de frío, pero he llamado a Ismael. Es un tío estupendo, lo ha solucionado en seguida. Te he comprado esto.

    Le entregó un fular de seda, graciosamente adornado.

    – ¿Te gusta?

    Asintió y le besó.

    La temperatura en la casa era agradable, así que aprovecharon el final de la tarde para recrearse con la visión del mar bajo la tutela de una luna renovada, grandiosa. Ella permanecía cubierta con aquel regalo que la hacía adorable.

    Días más tarde, la mañana de un domingo, él se levantó y comprobó que Elena ya no estaba. Pero era algo habitual. Posiblemente habría ido a comprar la prensa.

    Se tomó un té sin dejar de observar el almendro que aún sostenía las flores, sin haber dejado caer ninguno de sus pétalos. Se preguntó cómo era posible que se mantuviese con aquel aspecto, cuando el resto de árboles ya habían perdido aquella efímera belleza. Se aproximó hasta las ramas y comprobó que las abejas se marchaban defraudadas tras varios intentos por alcanzar el néctar. Los pétalos brillaban extrañamente y, tras tocarlos, pudo comprobar la rigidez que dominaba todo el enramado y su infinidad de adornos blancos.

    – Dios mío.

    Miró la terraza de su dormitorio, buscando una respuesta a los acontecimientos que había pasado por alto durante la última semana. Era como si los matices fuesen cobrando importancia de improviso, siendo rescatados de la ignorancia en cuestión de un segundo.

    Fue en busca del móvil y llamó al psicólogo.

    El doctor Gutiérrez estaba ojeando un libro, documentándose en el porche acristalado de su vivienda sobre la complejidad mental de un joven.

    Por el tono de la llamada supo que era de un cliente, al lado estaba el otro móvil que reservaba para su vida privada.

    – ¿Sí?,… sí que me acuerdo de usted,… y cómo no de Elena, claro.

    Escuchó con atención.

    – Es posible que esté teniendo una recaída, pero comprenda que le aconseje que seamos prudentes. Debe observarla por si detecta nuevas rarezas, gestos,… pero sin inquietarla. Entiéndame, con lo que me ha dicho bien cabe la posibilidad de que haya realizado una incursión en un tema artístico, pero… le seré sincero, lo que me preocupa no es lo que ha hecho, si no por qué no se lo ha contado a usted… No, no le diga nada al respecto. Ella no ha querido compartir este hecho, así que de momento déjelo al margen… Bien, bien, estamos en contacto… De nada, hombre, para eso estamos.

    Aquella noche, desde la cubierta de un velero, se podía observar las luces de las patrullas, la ambulancia y los bomberos en aquel rincón costero. Todos buscaban a Elena, que llevaba horas desaparecida. El doctor Gutiérrez estaba con el marido, tratando de aportar algo sobre la que fue su paciente, cuyos detalles podían ofrecer una idea sobre su comportamiento y sus posibles acciones.

    A la mañana siguiente, el encargado llamó a su jefe.

El infortunado marido estaba extenuado, pendiente de la búsqueda de su mujer, pero atendió el móvil al identificar al llamante.

    – Paco,… no puedo atender asuntos de la empresa.

    – Deberías venir, es Elena.

    – ¿Cómo está?

    El llanto apenas permitió el “lo siento” que trató de lanzar por el auricular.

    Elena reposaba en el interior de aquel enorme frigorífico sobre una tela roja, desnuda, boca arriba sobre una esterilla acolchada, cubierta con el fular que su marido le regalara días antes. Se había entregado al frío para mantener la belleza, incapaz de soportar su pérdida, y los cristales de hielo la adornaban como lo hiciera la laca sobre los pétalos del almendro.

    Su marido lloraba en la cámara, desconsolado. A su lado estaba un inspector que esperaba paciente a que se despidiese de su mujer. Cuando el pobre hombre salió de la estancia, entró otro policía con una cámara de fotos. Buscó una posición idónea para la instantánea y el flash lanzó su destello para capturar la instantánea, una imagen perfecta.

FIN