LA ROTONDA © ®

LA ROTONDA

Manolo era un hombre entrado en kilos, con cabello castaño salpicado de canas, que ya escaseaba en la coronilla. Trabajaba en las oficinas de una empresa de transporte internacional de mercancías, pero desde hacía un año se dedicaba en exclusiva a supervisar el mantenimiento de la flota de camiones y remolques, además de una corta lista de clientes que habían manifestado de forma expresa no cambiar de gestor. Su jefe le apreciaba, llevaba con él toda la vida. Por eso, al llegar a los cincuenta y cinco años, le disminuyó la carga de trabajo, aunque Manolo siguió con su costumbre de echar más horas que nadie.

Aquella noche, tras una larga jornada, se le veía todavía más solitario entre tantas mesas desocupadas, con tan sólo unas pocas pantallas del techo encendidas.

Por la enorme cristalera se divisaba la alfombra moteada de infinidad de luces que formaba la ciudad. Se desprendió de la corbata y la echó en su vieja mochila de cuero. Sonó un teléfono tardío que reclamaba a destiempo la presencia del rezagado. Procedía de la mesa contigua.

¿Sí? No, Renato no ha venido hoy. Lleva un par de días sin aparecer. No, no hay ningún paquete con medicinas,… ¿Cómo dice…, parafarmacia? Espere, miraré en los cajones. No, ningún paquete – el último cajón en el que miró se quedó abierto, mientras seguía con la conversación – ¿De Guinea?… Mire, no sé nada de las gestiones de mi compañero. Si me dice usted quién es y me da un número de teléfono… ¿Oiga, oiga? Joder, me ha colgado.

Un frasco rodó desde el fondo del cajón y llamó la atención de Manolo. Dejó el teléfono y recogió curioso el colorido cilindro. Lo leyó:

Compuesto vitamínico ¡Coño, es de Guinea! – eso le hizo mirar el teléfono.

Meneó instintivamente el frasco. El sonido de las cápsulas indicó que estaba casi repleto. Sin pensarlo, extrajo una y se la tragó. Luego se echó el frasco al bolsillo.

Recogió su vieja e inseparable mochila de cuero y fue en busca de los ascensores.

Conforme caminaba por el parking exterior de la empresa hasta su viejo vehículo, el sonido de las cápsulas dentro del frasco le marcaba el paso. Sintió la vibración del móvil. La melodía de “Nueve semanas y media” delató a la llamante, era su mujer. Debía cambiar el tono, ya que ese título le recordaba el período que solía esperar para tener relaciones con ella, aunque estaba sospechando que ese plazo iría aumentando con el tiempo. Se preguntó qué canción podía dar idea de un periodo de tres meses.

Dime Nuria… No, no he podido mirar ningún coche… sí, ya sé que es muy incómodo meter a los amigos en el asiento trasero con sólo dos puertas, pero es que yo subo delante… Es broma, mujer… Ya sé que está viejo, pero es que meternos ahora en uno nuevo… Sí, ya voy de camino.

Paró un instante y no dijo nada. Su mujer se preguntó en voz alta si Manolo le había colgado. Él la oyó, pero algo le hizo meditar antes de preguntarle:

¿Estás ya en la cama?

Aquella le contestó afirmativamente.

No, es por si te apetece…, no, no he bebido nada, bueno… me he tomado unas vitaminas…, sí nena, estoy vitaminado – se rió.

Nuria no le había puesto ninguna excusa de momento, eso ya era algo.

¿Y si nos duchamos juntos y luego nos metemos en la cama para…?, ya sabes. No, no estoy tan cansado, en serio. Valeee, ahora nos vemos – cerró la llamada e hizo un movimiento enérgico con el brazo para expresar su victoria.

De momento, el tono del móvil seguiría vigente. Desplazó con mayor energía sus michelines y amplia espalda hacia el viejo coche. Aún tenía una agilidad envidiable.

Un instante después abandonaba el parking y la ciudad. Le quedaban treinta y seis kilómetros por delante.

No le apasionaba conducir de noche, así que se relajó y, como un autómata, llegó hasta aquella vía de dos carriles en cada sentido que ya había usado mil veces. Era tan cómoda que le permitía divagar, aunque sabía que no debía hacerlo; sobre todo si regresaba a casa con el cansancio que había acumulado tras toda una jornada de trabajo. No deseaba que su ánimo decayese, ya que la expectativa de encontrarse en la cama con su mujer era realmente alentadora, a pesar de que la juventud y la delgadez de su mujer fue engullida por una alegre cincuentona a la que amaba.

Las rotondas se encargaban de mantenerle atento. A veces se preguntaba cuántas llevaba, pero no sabría contestar sin tomar referencias. Era como si se produjese una disociación entre el cuerpo y la mente. El primero guiado por la costumbre y el segundo por la insensatez que sigue al tedio.

Pero aquella noche no era una de ésas, algo parecía haber trastocado su rutina. Su cuerpo se revelaba inesperadamente fogoso, aguerrido, y su libido incipiente.

Se adentró en un tramo sin iluminación. Miró el reloj del salpicadero, las nueve y veinticinco en una fría noche de finales de noviembre. Esa pequeña distracción bastó para pasar por encima de… no sabía qué. Con asombro y pavor miró por el retrovisor. La intensa luz de los frenos le ofreció el fortuito espectáculo de un animal negro que se debatía compulsivamente en la calzada, tratando de zafarse de una fuerza inexistente que ya le había chafado todos sus órganos internos. Pensó que ese animal ya estaba condenado, era imposible que sobreviviese al aplastamiento. En ese preciso instante las proteínas de sus músculos deteriorados estaba inundando su corriente sanguínea y de inmediato colapsaría sus riñones y el hígado. Sólo con ese daño estaba sentenciado, aunque el resto de su organismo hubiese resultado indemne.

Miró al volante, como si esperara de él una respuesta. Maldijo su suerte. Cuando quiso observar de nuevo al animal, no lo vio. Se ladeó cuanto pudo para mirar hacia atrás, como si otra visión distinta a la de su retrovisor fuese capaz de ofrecerle otra realidad.

Allí no había nada; eso le dejó perplejo.

Puso las luces de avería y situó el coche en el arcén.

A oscuras, hurgó en busca del frasco oscuro que tenía para mitigar sus momentos de nerviosismo. Lo localizó y con la costumbre de siempre ingirió la píldora. Con un trago de su pequeña botella de agua mineral la envió al estómago, ese ritual bastó para relajar su creciente ansiedad. No podía soportarla, y eso determinó su nueva ocupación en la empresa, ya que el estrés le llevó a tomarlas ante cualquier temor o agobio que asomaba en su trabajo. Esa tarde, por la ausencia de Renato, se había abrumado de nuevo cuando una cliente se sentó al otro lado de su mesa. La conocía bien, uno de sus apellidos era “problema”. Aquella mujer caprichosa e inmadura había tomado las riendas de una de las delegaciones de su padre y la joven pensó que aquello era como jugar al Monopoly. Sus mercancías se movían entre países centro-africanos y España, pero ella había conseguido hacer que las relaciones comerciales fuesen más complicadas que cualquier otra de las empresas de su padre, que se relacionaban con toda Europa. Recordó el frasco de su compañero, se preguntó si se había tragado una de sus píldoras o las de Guinea. “Joder, las he cogido de mi bolsillo”, se dijo. La otras estaban en la mochila. Se preocupó un poco al pensar que quizás se había excedido, pero lo desechó de inmediato para no entrar de nuevo en otro estado de malestar. Total, eran vitaminas. Manolo ignoraba muchas cosas relacionas con la alimentación y la salud, lo que le hacía tomar decisiones bastante cuestionables.

Se obligó a pensar en cosas agradables, pero a las que no había podido dedicarles ni un minuto en todo el día. Total, ¿qué más daba un gato más o menos?

De inmediato se reprochó esa idea tan frívola.

Miró otra vez por el retrovisor. Seguía sin haber nada. El animal debía haberse refugiado en el bosque cercano.

Decidió ponerse de nuevo en marcha. Tras apagar los intermitentes, se incorporó al carril y reinició su andadura por aquel tramo oscuro, carente de referencias.

Los kilómetros fueron relajando su ánimo. Recordó su último viaje a Cantabria. Su corazón se acompasó al ritmo de un reloj victoriano y la tensión de su estómago desapareció. Para su sorpresa, de nuevo sintió cierta excitación y se dijo mentalmente que pronto aliviaría esa creciente necesidad. La sonrisa había vuelto a su rostro.

De seguida se vio obligado a dar un volantazo cuando entró en una nueva rotonda, con una elevación central ocupada por una espesa manta de grava, cuya misión era frenar a los despistados que por alguna razón no habían girado a tiempo. Justo lo que le acababa de pasar a él. Se salvó por poco.

Superado el susto inicial, siguió girando por la interminable curva. Cuando llevaba ocho segundos se percató de que algo extraño ocurría. Cinco más y la preocupación hizo su aparición. Otros cinco segundos y ya no dudaba, algo anormal pasaba.

Se preguntó cuánto se podía tardar en dar una vuelta total a una rotonda. Se sonrió de su propia estupidez, ya que antes debería haber otra salida, ¿si no, qué sentido tenía poner una rotonda?

Frenó. Lo hizo prudentemente. De nuevo conectó las luces de emergencia, no fuese que le alcanzaran por detrás y produjese un accidente. Y ahí estaba, en su vehículo, en medio de la noche.

Se dijo que ya resultaba extraño no encontrar una salida, pero que además no diese con el lugar por donde había entrado era, por lo menos, imposible. Se decidió a abrir la puerta, puso un pié sobre el asfalto que empezaba a humedecerse y se irguió para observar. Todo estaba oscuro, sólo sus luces le ofrecían una porción de su presente, de su extraña situación en aquel lugar perdido.

Siguió buscando con la mirada, alzó la vista y divisó unas pocas estrellas; la humedad impedía la visión de las más pequeñas y lejanas. No había luna, la echó de menos a pesar que rara vez se preocupaba de su existencia. Su vida estaba llena de prisas y ocupaciones; era más fácil ver la luna en un documental que pararse a alzar la barbilla en la noche mientras sacaba a deshora la bolsa de basura. De hecho, ni recordaba cuando fue la última vez que dio un paseo nocturno sin tener más ocupación que escuchar sus propios pensamientos.

Pensó en su teléfono móvil, pero cuando lo tuvo en la mano se preguntó a quién pretendía llamar, y qué decirle… debía sonar ridículo reconocer que estaba en una rotonda y que no encontraba la salida.

Tuvo que volver al interior del coche, el frío que hacía le había robado hasta la excitación ¿Qué temperatura haría…, séis, a lo sumo ocho grados?

Decidió dar otra vuelta despacio, paseando los intermitentes fogonazos anaranjados por aquel anillo. Pasado un tiempo, tuvo el convencimiento de que había dado varias sin encontrar la ansiada salida. Paró otra vez. Se preguntó cómo podía saber si había dado una vuelta completa en un lugar donde no tenía referencias. Se planteó poner una señal, una marca en el asfalto que indicara su situación actual, con la esperanza de volver a encontrarla. Se dirigió a la parte central de la rotonda en busca de alguna lata, botella o envoltorio de los muchos que tiraban los conductores por la ventanilla, pero para su sorpresa aquella debía de ser una de las rotondas más pulcras del mundo. Cuando la grava emitió su quejido característico al recibir sus pisadas, se percató de que tenía cuanto necesitaba. Comenzó por dejar en el asfalto unas cuantas piedras, pero tras una interminable vuelta no volvió a dar con ellas. Después colocó una hilera de grava, luego otra más ancha y más tarde escampó con desesperación toda que pudo. En ninguna de las ocasiones encontró rastro alguno. No tuvo la menor duda de que alguien la estaba quitando.

¿Se trataría quizás de alguna broma televisiva?

Paró el motor y apagó las luces. Desde el exterior del coche miró en derredor. La humedad empezó decrecer, desplazada por una ligera brisa que comenzaba a adueñarse del lugar. No veía ni oía nada. Era intranquilizador. Se preguntó cómo lo habían soportado hace miles de años los seres humanos, forzados a vivir las noches sin luz, sin tecnología.

Pensó en lo absurdo de su situación ¿Cómo un elemento, una rotonda, podía hacerle vivir una situación tan extraña?

De nuevo el frío le obligaba a refugiarse en el confortable interior del coche.

Pensó en las píldoras. Se asustó al pensar que quizás se había drogado de la manera más inocente con las píldoras de su compañero de trabajo. Encendió las luz interior y sacó el frasco del bolsillo. Lo estudió sin llegar a conclusión alguna, así que se las guardó de nuevo.

Trató de poner el motor en marcha, pero a veces exigía más de un intento. Para su desesperación, aquella noche fue aún más difícil; tras un segundo intento vino un tercero, un cuarto, un quinto… y decidió esperar a pesar del cabreo. Maldijo a su coche, a la rotonda, a la noche, a las vitaminas de Guinea y a todas las cosas que acudieron a su cabeza. En ésas, unas luces aparecieron de pronto y, antes de que pudiera reaccionar, un estridente claxon hizo que se encogiese en el asiento. Aquel vehículo pasó como una exhalación y se perdió por delante en aquella curva interminable.

Accionó otra vez el arranque y éste se quejó. Para su asombro, el motor estaba en marcha. Encendió los faros e inició una carrera en busca de aquel vehículo que se había esfumado casi tan rápido como había aparecido. Cada vez aceleraba más, pero aún así no lograba darle alcance. No se rindió. Resultaba difícil mantener el control con sus gastados neumáticos. Agarraba el volante como el timonel de un velero en un mar tormentoso, corrigiendo el rumbo como podía ante el aumento de la fuerza centrífuga; sólo fue cuestión de tiempo que perdiese el control. El vehículo patinó y giró peligrosamente sobre sí hasta quedar orientado en sentido opuesto. Respiraba nervioso.

Cuando se hubo recuperado, el sudor le empapaba la ropa interior. Esta vez se notó incómodo cuando volvió a sentir la excitación. “Joder, no es el momento”, pensó.

Por eso, deseando escapar de tan inoportuna necesidad, reinició la marcha sin pensar en la situación en la que había quedado su vehículo. Sospechó algo extraño cuando vio unas luces que se aproximaban lentamente hacia él, pero se tornó lívido cuando comprobó que eran de un camión que se le echaba encima haciéndole una serie interminable de ráfagas, acompañadas de la estruendosa bocina. Entonces recordó que iba circulando en sentido contrario. Como pudo, sorteó el camión y siguió la marcha más pendiente del retrovisor que del espacio por el que se movía. Justo cuando percibió su error, su vehículo salió por el margen de la rotonda e inició una vertiginosa incursión por un terreno plagado de árboles y arbustos. Se aferró al volante y los fue esquivando como pudo, comprobando como los rugosos troncos y el denso ramaje se llevaban los espejos, una manivela, la antena y tres tapacubos; además de agrietar el cristal delantero, abollar las aletas, las dos puertas y dejarle colgando un faro delantero. El maletero se abrió durante el trayecto y le pareció ver como la rueda de repuesto, iluminada por las luces de freno, se despedía de su dueño para siempre.

Apareció de improviso en otra rotonda y, de un volantazo, logró encauzar su coche. Estaba a salvo. Percibió todos los ruidos que emitía su vehículo, como nuevas quejas incorporadas para recordarle el milagro de su supervivencia. Se estaba lamentando de su desgracia cuando se reencontró con la grava en el asfalto; primero una poca, luego una hilera, otra más ancha y finalmente una enorme cantidad desperdigada.

Su respiración se tornó enfermiza, desbocada, tratando de digerir sus recientes experiencias, no sabiendo si reír o gritar, pero al saberse solo en aquella circunstancia tan surrealista optó por hacer ambas cosas a la vez. Su coche fue desplazándose despacio hasta un lateral y paró allí hasta que dio por terminado su desahogo. Asido al volante, con la pretensión de agarrarse a lo único que le resultaba tangible y lógico, hizo un nuevo esfuerzo por asimilar lo que acababa de ocurrir, pero cuanto más repasaba los instantes que aún se repetían en su trastocada mente, más incomprensibles resultaban ¿Cómo demonios había aparecido de nuevo la grava, cómo había podido pasar de una rotonda a otra, dónde demonios estaba, por qué no aparecía la policía, ya que daba por hecho que los conductores la habrían llamado…? Nada tenía sentido aquella noche.

Apoyó la nuca contra el reposa-cabezas para serenarse, en un vano intento por hacer desaparecer su reciente experiencia. Cuando levantó la vista vio un gato, tan negro como el que atropellara, que cojeando ligeramente se situaba sobre la hierba, ante el haz proyectado por el único faro superviviente. Accionó la luz de mayor alcance y el gato pareció haber dado un salto en el tiempo, situándose mucho más cerca. Volvió a cambiar el haz y ocurrió otro tanto, como si se perdiese una porción del avance del animal, el cual apareció más cercano y más voluminoso. Tras dos nuevos cambios lo tuvo sobre el capó del coche, sintiéndose incapaz de accionar el interruptor de nuevo para evitar que aquella pantera se aproximara más al cristal. Lejos de conseguirlo, la bestia pareció ignorar que existiese frontera alguna y su voluminosa cabeza traspasó lentamente el vidrio como si fuese gelatina. Acercó sus bigotes hasta hacerle partícipe de su aliento, donde el vapor que exhalaba describió una diminuta nube que envolvió el rostro de Manolo. Gritó como un poseso.

Desde el exterior, pero sin que la oscuridad permitiese ver la lucha interna, se podía ver el ostensible movimiento de la carrocería, siendo el escenario de una lucha en la que se jugaba la vida, entre rugidos y gritos que desvelaban una violencia desmedida que sólo podía finalizar con la llegada de la muerte.

Se hizo el silencio.

Pasaron diez segundos con la imagen inamovible del solitario vehículo, con nuestra curiosidad girando en torno a la pregunta, ¿seguirá con vida?, otros cinco segundos sin obtener respuesta… y por fin la puerta del conductor se abrió. Una masa oscura cayó al asfalto…, Manolo.

Jadeaba como el que ha corrido ante un miura, preocupado todavía por su supervivencia y con el temor de que su invisible agresor le introdujese de nuevo en aquel ring metálico con alguna de sus zarpas. Había salido con vida; magullado, temeroso, pero con vida. Se incorporó con torpeza y se fue alejando. Perderse era la mejor de las opciones, ya no aguantaba más. Cuando salió del espacio iluminado por el faro, se adentró en la negrura y… desapareció.

Nuria estaba en la cama, viendo la tele del dormitorio. Volvió a marcar el número de su esposo.

Abajo, su marido se despedía de un hombre que le había recogido deambulando por la carretera. Compadecido, le había acercado hasta su casa. El móvil sonó y, sólo entonces, se acordó de él.

¿Manolo, dónde estás?

Ya casi en la puerta de casa.

¿Te has retrasado mucho, no?

Nada, estoy bien…, un percance.

Nada más entrar, fue hasta la nevera y se sirvió un trago de vino blanco. Luego escanció otro poco en el vaso y se fue directo a la ducha.

¿ Qué haces? – le preguntó ella conforme cambiaba de canal con el mando?

Ducharme.

En eso estaba, cuando su mujer se presentó con su bata, curiosa, y vio la ropa rota de su marido en el suelo. Se preguntó porqué estaba así de deteriorada. Sin pensarlo, abrió la puerta de la mampara y le vio la espalda y los brazos.

¿ Dios mío, qué te ha pasado? – sorprendida por los golpes en todo el cuerpo.

Bajó la vista cuando su marido se dio la vuelta.

¡ Dios mío…! – dijo aún más sorprendida.

Manolo la introdujo en la ducha y cerró suavemente la mampara.

¿Estás tonto…, qué te ha…? ¡Manolo, que… ja,ja,ja…!

Al poco, desde el pasillo, se podía oir:

¡Ay…, la bata…, estás loco…, ja, ja, ja…!

Al día siguiente Nuria recogía alegremente la ropa de su marido en el cuarto de la ducha, estaba para tirarla. Oyó un ruido cuando estaba reconociendo los pantalones. Un frasco muy colorido había caído al suelo. Lo leyó:

Compuesto vitamínico de Guinea.

Manolo iba en un taxi hacia el trabajo, pero se cruzó por el camino con su coche, que estaba en el arcén contrario. Daba pena verlo.

Madre mía, está para el desguace – comentó el taxista.

Es el mío – observó, sorprendiendo al taxista –, pare a un lado, por favor.

El hombre permanecía de pié, junto a Manolo. Observaba la chatarra en la que se había convertido el viejo coche.

Tengo un amigo con una grúa que trabaja para los seguros ¿Quiere que le llame? – preguntó.

Me vendría bien – reconoció Manolo –. A ver si me lo puede guardar unos días. Lo entregaré a cambio de la ayuda ésa, que dan para comprar uno nuevo.

Es lo mejor que puede hacer. Éste no vale la pena arreglarlo.

Manolo sacó de su coche la vieja mochila y la documentación. Allí estaban los datos del seguro.

Volvieron al taxi y Manolo pudo comprobar que en aquel tramo de ocho kilómetros no había ninguna rotonda. En el otro lado de la carretera vio que la corteza de algunos árboles estaban dañadas, con la pintura de su coche impresa en las erosiones. Reconoció su rueda de repuesto en la vaguada central que separaba los carriles. En un tramo vio cierta cantidad de grava escampada en la calzada. En otro, las huellas de neumáticos describían círculos. Dio gracias por poder contarlo. Luego, recordó la intensa noche que disfrutó con Nuria, y eso le hizo recuperar la sonrisa.

Nuria estaba en su habitación, terminando de hacer la cama. No sabía si le estaba dando un sofoco o es que el cuerpo se le estaba volviendo rebelde. Ya ni se acordaba de la cápsula que se había tomado alegremente. Comenzó a buscar el abanico con cierta desesperación, que no usaba desde el verano. La casa le parecía más enorme que nunca, con nuevos recovecos y espacios hasta entonces desconocidos. Andaba perdida, pero le parecía imposible sentir una sensación así en su propia casa. Además, una creciente necesidad la embargaba, haciéndola sentir de nuevo el ardor de una adolescente.

Manolo llegó al trabajo y no tuvo necesidad de disculparse por su tardanza. Todos sabían que era el privilegio que tenía por echar diariamente más horas de las obligadas. Dejó su mochila sobre la mesa y tomó asiento. Algo llamó su atención, un paquete de pequeño tamaño que permanecía sobre la mesa de su compañero, aún ausente. El paquete venía de Guinea. Le preguntó por Renato a la compañera que tenía en el otro costado.

Ni idea, lleva días sin venir – le contestó –. Me voy a por un café a la cafetería, el de la máquina es una mierda ¿Te traigo uno?

Vale.

La vio alejarse mientras sonaba el móvil. Era su mujer.

Nene, vente para acá ya – le salió una risa tonta.

Nuria, ¿te pasa algo?

Que no encuentro las cosas, Manolo… (nuevas risas),… en mi casa.

Su marido recordó el frasco, dedujo el resto en segundos.

No salgas a la calle, cariño.

Aquella no paraba de reírse, hasta que logró decir:

¡Si no sé dónde está la puerta!

Dios santo, voy en seguida.

Te espero…, toro mío…, ¡Uy, un gatito! ¿De dónde sales tú, precioso?

Él se quedó con ojos de asombro al oír el último comentario de su mujer, antes de colgarle.

Cuando regresó la compañera con el café, se extraño de no ver a Manolo. Se encogió de hombros y se fue hasta su mesa. Siguió con el trabajo y, al igual que no se enteró de la llegada del paquete a la mesa de Renato, tampoco se había percatado de su desaparición.

FIN