El blog de Manuel Cado

MANUEL CADO

Imagen obtenida de Pixabay

ESPERANZA

La ajada capelina apenas sirve. Camina aterida y sus pasos hoyan el barro. Gris el cielo, fresca la lluvia. Solitaria entre el grupo custodiado por guardianes gritones, hartos. Los pezones le duelen por el roce con la tela. Sangran, pero hace mucho que no se queja. Se sabe cautiva entre las supervivientes, aunque envidia a las muertas.

Hubo un día en el que se movió con soltura por los salones, los jardines y las salas de una mansión. Ahora obedece carente de iniciativa. Cada nueva orden le sabe antigua.

Hubo un día en el que se sintió como una flor: bella, atrayente. Ahora nadie la desea. Hace tiempo que su sexo está deteriorado por los abusos, y su estima extirpada.

Sin motivo aparente, se detiene. Sus delgadas piernas tiemblan como las de un corzo ante la proximidad del lobo. Una pequeña niña, de futuro incierto y cuerpo blanco como los copos, surge de su entraña y cae pesadamente sobre el barro.

Hubo un día en el que mimaba sus muñecas. Sentía voces moduladas que la sugerían. Se sabía querida. Ahora, cuando de nuevo una voz restalla cerca, echa a andar. Obedece movida por la costumbre y el vínculo con la criatura, en forma de cordón, se rompe. Atrás queda el cuerpecillo que se debate entre las fangosas pisadas de aquellos cuerpos sin voluntad.

La niña abandonada ha heredado el silencio de su madre, ha nacido ya sin queja. Una figura oscura y siniestra sobrevuela a las desposeídas y repara en la cría. Levita sobre ella, ajena a las manchas del barrizal. La recoge y se aleja sin dar paso alguno. Pronto alcanza tal velocidad que deja tras de sí una estela en el cielo, como una sombra incapaz de seguir a su ama. Los montes y los valles de Hades se suceden de forma vertiginosa, como los pliegues de una mente surcados por una sola idea, hasta dar con un abismo oscuro. Allí encuentra una prisión sin puertas ni ventanas, pero a la que accede con facilidad.

Hubo un día en el que la madre, ahora lejana, soñaba. Las jornadas eran espléndidas y la casa soleada. Ahora el sueño es oscuro, carente de recuerdos. No queda memoria del parto.

En la cárcel, la nívea criatura, parida por la desidia, mira absorta la negrura que ocupa el rostro de su portadora. No siente temor en aquel pasillo de sillería, húmedo, repleto de mazmorras enrejadas. En una de ellas queda la pequeña, sobre un basto trozo de arpillera.

La parca cierra el rastrillo. En su garra tiene una placa reluciente, en la que va dibujando con su uña afilada el nombre de la neonata: Esperanza. La coloca en lo alto, adherida a la piedra. De inmediato, se enmohece y las letras mugren.

El pérfido ser abandona despacio la entrada de la estancia, donde queda la criatura silenciosa. Conforme se marcha, va dejando atrás las demás celdas, ocupadas con idénticas promesas que nacieron para no ser alimentadas. Todas con las misma placa en los dinteles, donde el nombre se repite: Esperanza, Esperanza, Esperanza…

Y aquí es donde queda confinada, cuando se pierde.

FIN

MANUEL CADO

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