EL DÁNDIRON®

Manuel Galindo, cubierto con su abrigo, tenía la apariencia de un gran oso calvo. Estaba sentado en el banco del parque mientras veía como su mujer cruzaba la calle con las niñas para entrar en la tienda de juguetes, justo en la acera de enfrente.

Manuel era incapaz de entrar en una juguetería, ni lo haría nunca. Esa era una puerta que no traspasaría jamás. Ignoraba el origen de su temor, claro… ¿cómo iba el pobre a recordar el trágico episodio que vivió, si entonces apenas alcanzaba el año de edad?

Ocurrió que su madre había quedado con unas amigas, así que el padre se quedó al cuidado de Manuel. Por su falta de conocimiento, alteró el horario de comida y descanso del niño, así que no hubo manera de hacerle entender que era la hora de dormir, lo que supuso un incordio para el padre, que había aprovechado la oportunidad para traer a casa una mujer casada, su amante.

Manuel, en la cuna, no se dormía. Es más, lloraba desconsolado en su habitación. La solución del padre fue entregarle antes de tiempo un regalo que tenía guardado, un muñeco de gran tamaño, peludo, pico con colmillos, ojos saltones y garras en vez de manos y pies.

Manuel lloró invadido por el pánico, hasta que su padre sacó el monstruo de la habitación. Entonces, su malvado progenitor comprendió que era la forma de mantenerle en silencio, para poder estar tranquilo con su deseada visita.

Le amenazó con dejar entrar al…, leyó el nombre escrito en la caja,… al Dándiron, que le devoraría si no se callaba. Manuel, con el chupete en la boca, entendió por instinto la amenaza.

Estuvo todo el tiempo pendiente de la puerta entreabierta del dormitorio, aterrado.

Más tarde, el crío oyó el regreso anticipado de su madre, acompañada por sus amigas, ya que había vomitado tras la cena y se encontraba mareada. Estaba embarazada.

Las primeras risas y frases rápidas de las mujeres se transformaron en gritos, lamentos, golpes y quejas de sus padres.

Manuel dio por cierto que todo aquel follón era a causa del monstruo, de hecho, jamás volvió a ver a su padre. El Dándiron debía habérselo comido.

Desde entonces, aquel monstruo siempre estuvo tras la puerta, en la cabeza de Manuel.

Fin

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