EL CAZADOR ©®

EL CAZADOR

    Jamás había cazado, pero como buen guerrero sabía luchar y enfrentarse a la muerte. Por eso, cuando decidió acabar con su vida, agobiado por la insufrible e incurable herida de su pierna, se dijo que la mejor forma era luchar y morir con honor. El problema  que le surgió es que no existía contienda alguna, así que optó por buscar un oso contra el que enfrentarse y morir empuñando su espada. También llevaría consigo una ballesta, pero ésta sólo la usaría para cazar y aprovisionarse de carne, hasta dar con la venerada bestia que iba a poner fin a su agonía.

    Inició la aventura acompañado de su fiel perro, tan feo como buen compañero, calmo, desgarbado y buen ojeador.

    Había días que la pierna le dolía tanto que apenas podía caminar, entonces acechaba.

    Si bien su padecimiento no mejoraba con el tiempo, sí que lo hizo su técnica de caza, de tal forma que al cabo de un año había matado trece lobos, veintisiete ciervos, dieciséis gamos, cuatro rebecos, treinta y dos jabalíes, tres nutrias y una vaca avileña por equivocación; pero ni rastro de osos.

    Quizás habría desistido de suicidarse de esa forma de haber sabido que hacía un lustro que los osos ya no existían en esos montes, pero qué iba a saber él.

    El noble propietario de aquella vasta extensión que abarcaba prados, bosques y montes, y que también era cazador, estaba harto de que aquél le matara la caza, así que ordenó su captura.

    Semanas más tarde el guerrero aún no había dado con el oso, pero sí con la horca tras haber acabado con tres de sus cinco perseguidores. Terminó en un lugar perdido, sobre un caballo, con el lazo rodeándole el cuello, atado de manos y teniendo como únicos testigos a sus captores y a su inseparable perro, que le miraba sin comprender. El cazador, con nuevas heridas abiertas, mostraba una sonrisa irónica, pensando que habría tardado menos si hubiese ido desde el principio a por el noble que le había sentenciado, el mismo al que había defendido con empeño durante años.

    Y su vida, su desventura e incluso su sufrimiento acabaron aquel día, con el cuerpo balanceándose mientras su fiel compañero se mantenía triste, sentado bajo las gastadas botas del que fue su amo.

FIN

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