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Malagente Newschool

Imagen cedida por “Malagente Newschool”, Alicante. 

BARATHRUM

EL INHIBIDOR

PRÓLOGO

   En el último cuarto del siglo XX, el servicio de sanidad de la ciudad de Moreba detectó el ingreso masivo de decenas de jóvenes en el hospital Santa Fe, aquejados todos ellos de un cáncer linfático tremendamente agresivo. Por el aspecto físico de los enfermos, germánicos, todos parecían tener un origen común. A pesar del esforzado intento por salvarlos, se encontraron en ocho años con los cadáveres de ciento dos jóvenes, todos varones.

 Tras complejos estudios, descubrieron que los fallecidos poseían una hormona desconocida. Esto les condujo al hallazgo de una alteración genética y a la conclusión de que dicha hormona les ofrecía una ventaja sexual sobre el resto de hombres, siendo más atractivos para las mujeres; pero también concluyeron que dicha mutación les mataba antes de alcanzar, en el mejor de los casos, los veintitrés años.

   El Servicio de Inteligencia Militar del país de Surabia, también conocido como SIM, inició en secreto una investigación. Buscó a las adolescentes que tuvieron relación con los jóvenes, ya que temían que algunas habían quedado embarazadas, por lo que el efecto multiplicador resultaría devastador. Además, tenían que averiguar el origen de los fallecidos.

   La ciudadanía se mantuvo ajena a las averiguaciones que fueron realizando los investigadores, empeñados en dar con las identidades de las mujeres que ignoraban las consecuencias de sus, aparentemente, inocentes relaciones. Algunas intervenciones militares fueron difíciles de justificar, a pesar de la discreción, pero existió desde el principio la firme determinación de culminar con el control de todas las madres. Si fracasaban y se descubría el motivo de la intensa búsqueda, podía peligrar una de las mayores fuentes de ingresos del país: el turismo ¿Qué padre asumiría el riesgo de que una de sus hijas se contaminara? El resto de la hecatombe vendría sola. Y no sólo eso, ya que los países tomarían medidas y vetarían el acceso de sus ciudadanos a Surabia, hasta que se resolviese el asunto. La economía del país caería en picado.

 Localizaron centenares de descendientes. El ejército justificó el internamiento de los niños diciendo que se trataba de una enfermedad hereditaria, con graves secuelas, y que debían erradicarla. Cuando toda la operación de esterilización concluyó, hubo una transición de una década para comprobar su efectividad. Sólo pudieron esperar y rezar. Durante ese tiempo, descubrieron que el origen de dicho problema estaba en algún laboratorio de la antigua Alemania nazi, pero el gobierno germano rechazó tal acusación.

  Otra cualidad de aquella variante de la especie humana era que la gran mayoría de sus vástagos nacían varones. También nacían algunas hembras, pero eran estériles. Si no se les confinaba en Surabia, toda la humanidad correría un serio peligro. Por ello, se creó una brigada especial que los detectaba con perros adiestrados, siendo la forma más eficaz de descubrir a los portadores de la temible hormona, una vez que lo activaba el gen. Dicha brigada recibió el nombre de “Argos”.

  Con el tiempo surgieron asociaciones que velaron por los derechos de aquellos jóvenes, lo que promovió una serie de medidas encaminadas a protegerlos.

   Pasó el tiempo y, cuando la crisis parecía controlada, surgió una variante de aquella enfermedad, que durante un tiempo convivió con la anterior. La nueva raza añadió una nueva preocupación a las autoridades, ya que estos no tenían la caducidad de sus antecesores. Les llamaron alter-homos, pero con el tiempo fueron conocidos vulgarmente como alteros, y convivió con la anterior.

   Para entonces, el SIM ya había descubierto que la alteración genética original se había gestado en una ciudad concreta del desaparecido Reich alemán. El nombre de aquella atrocidad fue: “Proyecto Werden”; pero ésta es otra historia que ya contaré algún día.

  Con los avances tecnológicos del siglo XX, sustituyeron las pulseras indentificativas de los alteros por un brazalete dotado del sistema “gps”. También tuvieron que respetar una serie de normas de conducta, cuya infracción se pagaba con el confinamiento en una prisión especial.

   Entre los alter-homos había un joven empresario llamado Miguel Gómez. En el siglo veintiuno este hombre dio con la solución. Creó un artilugio con forma de pulsera que suministraba un compuesto químico a través de la piel. Gracias a ese aparato, se acabó con la ventaja sexual que poseían los alteros. Con el tiempo se fue reduciendo su tamaño y se le llamó: el inhibidor.

   Con sus descubrimientos y su innegable capacidad, Miguel Gómez creó la empresa GABOT, que controlaba la fabricación de los inhibidores, su mantenimiento y la gestión de todos los datos médicos y personales de los alteros.

  Con aquel logro, se establecieron normas más permisivas con los alter-homos. Pero seguían con las antiguas imposiciones; la más destacable era que debían informar de sus relaciones y que sólo podían tener un hijo. En cambio, las hijas de los alteros vivían libres y sin las ataduras de sus congéneres.

   Los alteros pudieron disfrutar de una vida normal, o casi. Pero lo que la sociedad no sospechaba es que todo eso iba a cambiar.

CAPÍTULO I

SÁBADO

   El viejo comisario, Julián Aranda, abandonó el edificio del hotel Continental, cuando apenas despertaba el día y las luces de las calles aún permanecían encendidas. Nada más salir, se había calado su sombrero, con el que cubrir su calvicie. Fue en busca del vehículo camuflado de la Argos, eléctrico. El siempre dispuesto subinspector Andrés Ríos, le esperaba de pie. No fumaba, pero siempre llevaba un encendedor en el bolsillo. Con él encendió el cigarrillo del comisario, en un mundo en el que casi nadie fumaba.

   Mientras le ofrecía la llama a Aranda, señaló con un leve gesto las ventanas de la cuarta planta del hotel.

   – ¿Cómo se lo han tomado? – preguntó su subordinado.

   – ¿Cómo crees, después de años de paz y tranquilidad? – contestó Aranda –. El mojigato que tiene ahora las riendas del SIM no se imagina lo que le viene encima, y yo llevo con todo este asunto desde el ochenta y siete…, estoy cansado. Justo ahora que voy a jubilarme, aparece esta mierda antes de cobrar mi última nómina con el sello de la Argos.

   – Pero, ¿saben algo?

   – ¿Saber? No me hagas reír – se quejó el comisario –. Los de antes sí que sabían, joder, quien me iba a decir,… hasta les echo de menos, con la de putadas que me hicieron los muy cabrones.

   – ¿Y ahora? – preguntó Ríos.

   – Iremos a la comisaría y cogerás dos coches. Te encargarás de custodiar la comitiva fúnebre de los Gómez – ordenó Aranda.

   El subinspector frunció el ceño.

   – ¿De verdad piensa que van a atacarles?

   – No, pero tampoco me fio – comentó el comisario –. Han matado a su hijo, y en esa hilera irán los únicos que quedan de la familia. No cuesta nada asegurarnos y velar para que no les pase nada.

   Iba a lanzar al suelo la colilla y en el último instante acabó por no hacerlo.

   – ¡Mierda!, esto es todo ya tan limpio que hasta la gente se muere sin saber de qué – y le dio la colilla a Ríos, que se quedó sin saber qué hacer con ella.

   La joven Nieves era la hija del empresario Miguel Gómez, una joven con un carácter un tanto infantil, a la que le gustaba el lujo y el poder, a partes iguales.

   Su incuestionable encanto y discreción la llevó a ser la mano derecha de su padre. Además, ahora, tras el lamentable incidente de su hermano en el metro, se había convertido en hija única.

   Nieves estaba en su apartamento, en la parte más alta del hotel de su propiedad. Se había vestido de negro para ir al entierro del hermano. Mientras terminaba con los últimos arreglos, observó la delgada figura de la bella Irene Cruz, sentada en la silla, ante un escritorio Bargueño de enorme valor. Irene lucía un diminuto tatuaje en su hombro izquierdo, un abejaruco, y observaba con curiosidad los caros objetos que estaban depositados sobre el mueble. También era una altera, como Nieves, además de empleada en la GABOT UNO. La tragedia y el reciente fallecimiento de Javier Gómez, el hijo del empresario, había determinado su alojo en el hotel de su jefa.

   Nieves dejó lo que estaba haciendo y miró queda la delicada fisonomía de su invitada. Apreció esa belleza que ocultaba su verdadera naturaleza, aspecto éste que resultó muy útil para conseguir el objetivo de ambas.

   Nieves oyó la melodía de su pulm (móvil de pulsera), que tenía depositado sobre la mesita, así que fue a recogerlo. Irene se había percatado de la presencia de su jefa y la vio maniobrar sobre el holograma que surgía del ligero artilugio. Nieves reconoció la imagen del gerente del hotel, que le informaba de la llegada de la genetista, Concepción Martín, y la ingeniera, Amparo Morote, también empleadas de la GABOT UNO.

   – Ya están aquí – comentó Nieves a la joven.

   – No hacía falta – observó Irene.

   – Me quedo más tranquila – reconoció a la par que acudía a su lado. Se agachó para estar a su altura y poderla mirar directamente a los ojos –. Eres el futuro, pequeña. Ni te imaginas la alegría de saber que te tengo a mi lado.

   Miró su vientre y posó una mano sobre él. Su embarazo apenas era perceptible bajo la ropa, pero la nueva vida ya se gestaba en su interior.

   – Lamento lo de tu hermano – reconoció Irene – ¿Tú no lo sientes?

   – Sí – respondió –. Todos lo sentimos, pero me va a hacer tía – le sonrió –. Su hija va ser su mayor y mejor logro.

   Irene puso la mano sobre la de Nieves, cómplice.

  Al poco, llegaba la exuberante Amparo, seguida por la inexpresiva Concepción. Eran dos caras de una misma moneda. Ambas, de más edad que Nieves. Llevaban unos maletines. La genetista puso el suyo sobre la mesa y lo abrió con la habilidad que da la costumbre. Extrajo un artilugio y unos sensores adhesivos que le permitían conocer las constantes de Irene.

   – ¿Es necesario? – preguntó la joven con cierto victimismo.

   – Ya sabes la respuesta, chiquilla – comentó Concepción.

   Nieves se levantó para no estorbar.

   – Vamos, cariño – animó la jefa a Irene –, es por tu bien.

   Amparo y Nieves dejaron hacer a la doctora, aprovechando para acceder a una sala contigua.

   Estando las dos a solas, la ingeniera abrió su maletín y extrajo una pantalla. La acopló a un contenedor metálico, que permanecía sobre un mueble, enchufado a la base eléctrica que había en la pared. La pantalla ofreció una serie de valores.

   – Veo que funciona bien – observó la ingeniera.

   – Hiciste un buen trabajo – reconoció su jefa, que tocó en un punto de la pantalla. Surgió del contenedor un recipiente de cristal verdoso, que desprendía vapor a causa del cambio de temperatura –. Ésta corresponde a la última toma de esperma.

   – Maravilloso – reconoció Amparo –. En cuanto la GABOT DOS esté en marcha, ¡bum!

   – ¿La vas a volar? – preguntó Nieves a su ilusionada empleada.

   – Sabes que no. Ésta no – dijo la ingeniera –. Pero ha sido mi forma de decir que todo va a cambiar. Has hecho algo muy grande, Nieves. Ahora tendremos un futuro.

   – Conchi es la gran descubridora. Ya era hora, ¿verdad? – comentó la empresaria.

   – Varias generaciones sin dejar rastro, sin descendencia, pero apareció Irene – comentó Amparo con satisfacción –. Menos mal que Conchi se percató del increíble don de nuestra joven empleada. Ya no estaremos en un segundo plano, y todo te lo deberemos a ti, Nieves.

   – Gracias. Fue muy prudente contándoselo sólo a su pareja – recalcó Nieves.

   Amparo se dio por aludida, pero no quiso entrar en ese terreno.

   – Bueno, también supimos en su momento que una gran mujer debía estar detrás de esta operación – haciendo clara alusión a Nieves, mientras le regalaba una sonrisa de complicidad.

   – No lo dudé. Una altera que podía engendrar – manifestó Nieves, con esa leve comicidad que era capaz de imprimir a su bonito rostro –. Enseguida pensé que esto era un asunto sólo para mujeres.

   – Estoy totalmente de acuerdo – indicó Amparo –. Es más, en esto de vivir y morir solas nadie nos puede dar lecciones. Pero con Irene todo va a cambiar. Es un ser extraordinario.

   Apareció Amparo.

– Vas a llegar tarde – advirtió a Nieves con su habitual seriedad.

Coincidiendo con su apreciación, el pulm de Nieves se activó para indicarle que el coche, con la secretaria de su padre, había aparecido frente al hotel para recogerla.

Nieves regresó junto a Irene y le regaló un sonrisa. Recogió su bolso y, conforme se acercaba a la salida, preguntó a Concepción cómo había visto a la joven.

– Fuerte como un roble.

 

   Nieves entró en la limusina y ocupó el asiento junto a Angela Meyer, la secretaria personal de su padre, una alemana de alrededor de cuarenta años, tremendamente atractiva, con un pelo de un rubio apagado, liso, perfecto. Las dos llevaban gafas oscuras. El auto abandonó enseguida el reservado y ocupó su espacio en el carril. Sin ruido de motores de combustión, no hacía falta tener cerrados los cristales para mantener una conversación. Nieves le cogió la mano con dulzura, aún sabiendo que los alemanes no eran muy dados a esas muestras de afecto.

   – ¿Cómo estás? – se interesó la secretaria.

   – Mejor, gracias ¿Han dicho algo nuevo? – preguntó Nieves.

   – No saben nada aún, pero tu padre dice que, en cuanto sepa quién o quienes son, pondrá precio a la cabeza de esos asesinos.

   – Debemos tranquilizarle – sugirió Nieves –. No podemos permitir que el odio nos consuma. La policía sabrá hacer su trabajo. Tenemos muy buena relación con ellos y le deben infinidad de favores a mi padre.

   – Lo sé.

   Angela acabó retirando su mano, pero sin mostrar rechazo, con delicadeza.

   Nieves marcó una casi imperceptible sonrisa.

   El coche se incorporó a una vía en la que los drones sobrevolaban la calle a bastante altura, como en dos invisibles canales a diferentes niveles, que fluctuaban cada uno en un sentido distinto. Nieves distinguió los que eran de su empresa por la llamativa G con los colores amarillo y marrón. La central del servicio de mensajería ya se encontraba operando en la GABOT DOS. También habían trasladado el laboratorio. Sólo faltaba trasvasar los datos de los alter-homos que aún permanecían en la GABOT UNO. La empresa estaba en pleno proceso de expansión y los cambios se habían efectuado de forma progresiva.

   Llegaron ante el centro anatómico forense, donde ya había una hilera de vehículos negros y lujosos. El coche fúnebre tenía el portón trasero abierto, con la caja acristalada orientada hacia la fachada para recibir el ataúd.

   Junto a Miguel Gómez estaban hombres relacionados con el mundo empresarial, con los que habitualmente mantenía contacto. Los políticos no aparecerían, reacios a relacionarse públicamente con una persona distinta, un altero; por eso, habían preferido transmitir sus condolencias por otros medios.

   Nieves y la secretaria dejaron la limusina y fueron al encuentro del padre, que recibió a su hija con un abrazo. Las lágrimas brotaron de sus ojos, tras las lentes.

   Los presentes aprovecharon para mostrar sus condolencias a la recién llegada y el empresario se acercó hasta Angela.

   – ¿Puedes preguntar si falta mucho para que saquen a mi hijo?

   Obedeció y fue hacia el interior del instituto.

   Dos coches llegaron en aquel instante. De uno de ellos bajó el subinspector Ríos, que cruzó la calle para ir en busca del compungido hombre de negocios.

   – Subinspector – le saludó Gómez.

   – Lo lamento, señor, le transmito mis condolencias y las del comisario. No ha podido venir…, está con la operación de búsqueda de los asesinos.

   – ¿Qué saben de ellos?

   – Les tenemos localizados en el barrio de La Condesa, señor – informó Ríos –. Es cuestión de tiempo. Le aseguro que pronto estarán detenidos.

   – Gracias, subinspector.

   La esbelta figura de la secretaria surgió del edificio y llamó la atención del subinspector. Aquel gesto no pasó desapercibido para el empresario.

   – Es mi secretaria, Angela Meyer. El subinspector Ríos – presentó.

– Le había visto alguna vez por la empresa, aunque nunca habíamos hablado – dijo la mujer, sin añadir afecto alguno.

   Ríos no apartaba la vista de la alemana.

– El ataúd está listo, señor – informó la secretaria –. Cuando usted quiera.

– Está bien.

– Don Miguel, estamos aquí para custodiarles – informó Ríos.

– ¿Es necesario?

– Son órdenes del comisario Aranda, señor – justificó el subinspector –. Créame que no lo habría ordenado de no ser necesario. Seremos discretos.

– Me temo que hay cosas que aún no me ha dicho, señor Ríos.

– Pronto se aclarará todo, señor Gómez.

– Está bien, pero dígale a Aranda que me llame mañana, sin falta.

– De acuerdo – aceptó el subinspector, antes de dirigirse de nuevo hacia el vehículo en el que había llegado.

   La atención del empresario se fijó entonces en el ataúd que entraba directamente en el coche fúnebre, nada más abandonar la fachada del edificio.

   Su hija, Nieves, se acercó y le cogió del brazo, apoyando el rostro en su padre.

   – ¿De verdad no quieres que vaya contigo? – preguntó ella.

   – Este camino quiero hacerlo a solas con Javier. Ya me conoces. Tendremos tiempo de llorar juntos, hija – explicó el padre –. Que Angela vaya contigo.

   El empresario dio un beso en la frente a su hija y fue hacia su coche, en el que el conductor se mantenía apostado junto a la puerta abierta.

   El comisario Julián Aranda se encendía otro de sus cigarros en la azotea de la comisaría, donde estaban los cuatro drones con el logotipo de la Argos, capaces de transportar cada uno de ellos a un agente. Eran la joya de la comisaría, cedidos por el empresario Miguel Gómez en su afán de mantener una buena relación, precisamente, con la unidad que estaba encargada de controlarlo a él y a todos los alter-homos de la ciudad de Moreba.

   A su lado estaba un hombre de poco más de treinta años, con escaso pelo rubio repartido por encima de una piel siempre enrojecida, y ciento cinco kilos de mala leche. Era el inspector Urbano García, al que algunos llamaban “Bull”.

   – Bueno, jefe – decía el inspector –, ¿las quiere muy hechas?

   – No me jodas, Urbano. Si me las traes muertas no me servirán para aclarar este lío, y los medios nos van a dar dentelladas de tiburón.

   – Por mí les pueden dar mucho por el culo, Julián – manifestó aquel hombre, cuyo rostro evidenciaba un desdén auténtico –. Pero eres mi amigo, así que se hará como dices ¿Algo más, jefe?

   – Que eres muy feo.

   – A estas alturas, vamos – sonrió el inspector.

   Y marchó hacia uno de los drones.

   La comitiva avanzaba despacio tras el coche fúnebre. Se adentraron en el polígono industrial de solitarias calles. Era fin de semana y la mayoría de las empresas estaban cerradas. El conjunto empresarial e industrial había crecido en los márgenes de la arteria que conducía al campo santo. Algunos de los escasos trabajadores se santiguaron al ver el paso de la caravana.

   El acongojado Miguel Gómez agradecía en silencio aquel gesto de respeto, tras los cristales tintados. Con el pañuelo en la mano, se secaba los ojos llorosos.

   Uno de aquellos trabajadores dijo a su compañero, tras dibujar la cruz en su pecho:

   – Ricos o pobres, todos acabamos igual, Santiago.

   – La diferencia no está en cómo acabas, sino en cómo vives, Pablo.

   Sobre sus cabezas discurría una de esas vías aéreas para drones que enlazaba la ciudad con las zonas industriales y un pueblo cercano. Casi nadie reparaba ya en ellos, salvo una joven que, embutida en un mono oscuro, paramilitar, permanecía apostada en la terraza de una de las naves industriales. Acababa de activar las hélices de un par de drones que estaban posados a su lado. Sacó un artilugio parecido a un monocular y seleccionó el primer coche camuflado de la policía, que iba justo detrás de la limusina del empresario. Después cambió el enfoque hacia el segundo coche policial, e hizo la misma operación. Los drones ya tenían fijados su objetivos. Marcó un contacto en su pulm y dijo:

   – Ya está.

   La caravana estaba cerca de alcanzar el cementerio cuando los drones se adhirieron magnéticamente al capó de los vehículos policiales. El conductor frenó instintivamente y el detective Andrés Ríos, que iba de acompañante, sólo pudo exclamar: “¿Qué coño?”. Las explosiones no dieron tiempo para más.

   El chófer del empresario miró por el retrovisor y vio cómo el coche policial que le seguía estaba destrozado. Esa distracción le impidió ver el camión que apareció por un lateral, desde una calle próxima, que se llevó por delante la parte trasera del vehículo funerario, reventando el habitáculo que contenía la caja con el cadáver.

   El conductor de Miguel Gómez nada pudo hacer, salvo evitar la colisión. El frontal del coche estaba casi en línea con el lateral del camión, cuyo conductor había bajado y le acribillaba a balazos sin piedad. También había surgido una furgoneta con cristales tintados, que se colocó tras el coche del empresario. De la furgoneta bajaron otros dos atacantes, todos armados y provistos de pasamontañas. Colocaron un artefacto sobre el maletero que se activó automáticamente, dejando fundidos los circuitos del vehículo. Abrieron las puertas y apuntaron con sus armas al empresario. Uno de ellos apoyó una pistola inyectora sobre la pierna del pobre hombre y, tras un sonido sordo, el hombre fue sumiéndose en la inconsciencia. Lo sacaron y en volandas lo metieron en la furgoneta. Fueron quince segundos.

   Nieves se apeó del coche y comprobó que su pulm no podía transmitir ni recibir señal alguna, al igual que los del resto de la comitiva fúnebre. El artefacto inhibidor que había en la caja del camión hacía su trabajo, con una potencia que abarcaba una buena distancia.

   En otro lugar apartado de la ciudad, el pequeño transporte aéreo unipersonal de la marca GABOT volaba por encima de los edificios, con el inspector Urbano García en su interior. Se dirigía a La Condesa, un barrio que se extendía sobre las suaves lomas ocupadas por miles de casas unifamiliares, ajardinadas, de una o dos alturas.

   El barrio estaba controlado por la policía desde el día anterior, en una intensa búsqueda que mantuvo alerta a los vecinos, y sólo decayó cuando se hizo de noche. Pero mantuvieron el perímetro cercado para evitar cualquier fuga. Por eso, ya de buena mañana, todos estaban alerta. La asustada vecindad y los cansados policías no perdieron detalle del dron policial de transporte cuando se posó ante una de las casas. El inspector Urbano García bajó de él cuando las pequeñas hélices aún silbaban entre el encarenado. Se colocó el chaleco antibalas y el auricular. El comisario Julián Aranda le habló desde su despacho:

   – En cuanto sepas algo, me informas, Urbano – le pidió mientras se pasaba la mano por la calva.

   – Los de asalto ya están aquí, jefe.

   – Si “Tier” no nos ha mentido, le suelto en cuanto me confirmes que la información es buena – dijo la subinspectora María Pérez, que permanecía atenta, al lado del comisario.

   – Bien. No creo que ese mierda sepa mucho más.

   Los pequeños drones aéreos mandaban las imágenes a la sala de control de la comisaría. No se veía ningún movimiento extraño en la casa cercada.

   La brigada de asalto tuvo luz verde para echar la puerta abajo y entraron en la vivienda. Rápidamente, fueron revisando las estancias. «Despejado, despejado», gritaban; el inspector les seguían pistola en mano, hasta estar convencido de que allí no había nadie.

   Urbano se fijó en unos planos que estaban sobre la mesa del salón. El teniente del grupo de asalto le preguntó, cuando vio los papeles en las manos del inspector:

   – ¿De dónde son?

   – Es la GABOT.

   – ¿La nueva?

   – No, la antigua, la UNO.

   Apareció uno de los miembros de aquel cuerpo de élite.

   – En el sótano hay algunas armas y útiles para explosivos – dijo al teniente –. También hemos encontrado esto en el garaje.

   Le mostró dos inhibidores de alteros, se los iba a entregar a su superior, pero Urbano se hizo con ellos con rapidez.

   – Tengo la impresión de que hace mucho que se han largado – comentó el teniente –. No queda ningún vehículo en la finca.

   – Están quemados – dijo el inspector observando los inhibidores –, no puedo saber de quienes son hasta que los lleve al laboratorio.

   – ¿Y dónde crees que pueden estar estos cabrones? – preguntó.

   – Pues si no están aquí, no nos queda otro sitio que en la vieja GABOT, ¿no crees? – dedujo el inspector Urbano García, señalando los planos – ¿Jefe, me oye? – dijo por el micro de su comunicador.

   – Sí, estoy de acuerdo. Id para allá – aceptó el comisario Aranda, pendiente de las comunicaciones –. Dejad varios hombres que custodien esa casa y el resto id a la GABOT. Está claro que también hay dos hombres con esas chicas, lo que nos da seis implicados.

   – No me huele nada bien, jefe – se quejó el inspector.

   – Son muchos y parecen estar preparados – comentó su jefe –, estoy de acuerdo, pero de momento no podemos hacer otra cosa que ir tras ellos con las pistas que nos dejan. Venga, no perdáis el tiempo – y se desprendió del comunicador. Se giró hacia la subinspectora María Pérez y le dijo – Suelta a “Tier”, no nos mintió.

   En La Condesa, el teniente de las fuerzas de asalto preguntaba al inspector:

   – ¿Qué es esto, una venganza de alteros resabiados?

   – Cuidado con lo que dices – advirtió Urbano, que también estaba afectado por el gen.

   – Bueno, tú eres distinto. Estás como una cabra.

   De repente, el comisario les transmitió nueva información.

   – Joder, Urbano, me están diciendo que acaban de secuestrar a Miguel Gómez, durante el entierro de su hijo. Según el GPS de su dispositivo, los secuestradores lo llevan directo a la GABOT.

   – ¿Cuál de ellas?

   – La vieja, la UNO, donde aún tiene Miguel Gómez su despacho – dijo el comisario.

   – ¿Y no puede interceptarles nadie? – se quejó el inspector.

  – Estáis casi todos en “La Condesa”, Urbano – dijo su compañera, la subinspectora María.

   – Hay que joderse – se lamentó – ¿No iba Ríos protegiendo al empresario? – se interesó el inspector.

   – Sí, pero aún no tenemos nada claro – comunicó el comisario Aranda –. Dirígete a la GABOT UNO. Pediré a los efectivos que nada más llegar acordonen la zona, hasta que acudan los equipos de asalto. De aquí saldrán las tres aeronaves que nos quedan, para apoyarte.

   – ¡Vamos, vamos, vamos! – gritaba el teniente a los suyos – ¡Todos a los vehículos, esto no ha hecho más que empezar, tenemos otra misión, rápido! – miró al inspector –. No te hagas el héroe, amigo, danos tiempo para llegar, ¿vale?

   Y salió corriendo tras sus hombres.

   Urbano se pasó la mano por la frente y se quejó de no disponer de un momento para pensar y sacar conclusiones. Tenía la impresión de ir por detrás de los planes de alguien que había dispuesto de mucho tiempo para preparar aquel ataque.

   Abandonó la vivienda con el pensamiento puesto en su amigo Ríos, deseando que estuviese bien.

   Minutos más tarde, la subinspectora María Pérez acudía a la sala de interrogatorios acompañada de otro policía de paisano, donde estaba esposado un hombre llamado Fernando Sánchez, un altero de ojos claros, azules, fornido, pelo castaño y el cuello de un toro. Le apodaban “Tier”, un apelativo alemán que significaba bestia. Tenía el pómulo y un labio hinchados, además de restos de sangre seca bajo uno de los orificios de la nariz.

   – El acuerdo es el siguiente – le dijo la subinspectora –, te colocamos tu inhibidor y te largas con nuestro agradecimiento por la información que nos has dado. Nosotros olvidaremos que incumpliste la ley quitándote el inhibidor y tú firmas este documento donde aceptas que has recibido un trato adecuado.

   “Tier” se pasó la mano engrilletada por la nariz. Luego extendió la palma hacia el otro policía y dijo:

   – Un boli.

   “Tier” salió de la comisaría con el inhibidor ya colocado en la muñeca y con la misma ropa con la que había entrado en el calabozo dos días antes: un chaleco de cuero, unos vaqueros gastados y sus viejas botas.

   No había mucha gente por las calles, sólo algunos robots no humanoides que realizaban labores de mantenimiento, unos cuantos viejos y algunos deportistas. Le miraban sorprendidos por su atuendo, ya que no hacía calor a pesar de lucir el sol.

   Cruzó la calle y se adentró en el parque. En él había una persona de unos cincuenta y seis años que, absorto con la música que oía por los auriculares, hacía ejercicios en unos aparatos. El hombre, confiado, había dejado la sudadera sobre el respaldo de un banco. “Tier” la recogió al paso y no tardó en ponerse la prenda robada.

   Alcanzó el otro extremo del parque y un taxi se interpuso en su camino cuando tenía intención de cruzar. El conductor le indicó con un gesto que subiese. No existían muchos taxis con conductores, la mayoría eran autónomos. Se acomodó en la parte trasera, donde había un letrero que indicaba que estaba prohibido fumar. “Tier” extrajo su cajetilla y maniobró con soltura el viejo Zippo, hasta tener la llama ante el cigarrillo que se había puesto en los labios.

   – ¿No te importa, verdad? – le dijo al espejo desde el que le observaba el conductor.

   Aquel no dijo nada. Se limitó a presionar el acelerador y se alejaron del lugar.

   Los asesinos habían cambiado la furgoneta ligera por un enorme furgón, al que habían incorporado el puente de luces y los distintivos policiales. Mientras se aproximaban a las instalaciones de la GABOT UNO, los dos vigilantes que se encontraban en la garita de acceso recibieron el aviso de aproximación, proveniente del pulm de Miguel Gómez, que manipulaba una de sus secuestradoras.

   – Joder, viene el jefe – se quejó uno de ellos.

   – ¿No era hoy el entierro de su hijo? – preguntó el otro.

   – Sí, pero es el jefe. Habrá terminado. Ve abriendo.

   Después de la garita, en medio de la superficie asfaltada moteada por árboles, destacaba la GABOT UNO, un gran edificio cilíndrico de siete plantas, rodeado de una hilera de moreras que en esa estación carecía casi por completo de hojas. Toda la manzana, rectangular y alargada, era propiedad de Miguel Gómez. Con el tiempo le añadieron en la parte trasera una nave que se prolongaba aprovechando la forma de la parcela, donde se trasladó la fabricación de los inhibidores y la producción y mantenimiento de drones. Con posterioridad incluyeron la sección de mensajería, pero el inesperado éxito y el consiguiente aumento de volumen de trabajo había dejado obsoletas las instalaciones. Como no existía la posibilidad, en aquella extensión, de añadir más naves, no quedó más remedio que crear la GABOT DOS, a la que ya habían trasladado la mayoría de las secciones.

   El laboratorio era el único departamento que aún mantenía alguna actividad, y dependía de Concepción Matín. Además, estaba la sala de los depósitos, en la planta baja, éste supervisado por Amparo Morote, a la espera de vaciar el último tanque, con tres mil litros de un elemento químico inestable.

   La séptima planta era una mezcla de área de descanso y cafetería. En ella, durante años, un par de empleados había estado atendiendo al personal de alto rango, que acudía durante la jornada laboral a dicho espacio para relajarse o realizar actividades en un ambiente más sosegado. En la sexta planta estaban los despachos de Miguel Gómez, su hija Nieves, la genetista Concepción Martín y la ingeniera Amparo Morote. También, entre los despachos de los Gómez, existía una oficina donde la secretaria Angela Meyer atendía las necesidades de sus jefes.

   Casi todas las plantas estaban entonces vacías, pendientes de su futuro desmantelamiento, y ese fin de semana no había personal alguno en el interior del edificio.

   El furgón penetró en el recinto y paró ante los sorprendidos vigilantes, que aún no acababan de entender qué relación tenía dicho vehículo policial con el mensaje de proximidad del empresario Miguel Gómez. La única respuesta que tuvieron, para aclarar sus dudas, fue una intensa ráfaga de un fusil de asalto provisto de silenciador, que acabó con sus vidas.

   Ya sólo quedaba una vigilante tras el mueble de recepción que existía dentro del edificio, que tras observar el asesinato de sus compañeros trataba de llamar a la policía para informar del crimen, atemorizada. Para su sorpresa, la mujer descubrió que su sistema de comunicaciones se había venido abajo. Todo cuanto la rodeaba había dejado de funcionar. Entonces, uno de los hombres del furgón orientó un mando a distancia hacia la vigilante. Un dispositivo oculta expelió una nube de humo que se extendió con rapidez por el mueble donde aquella mujer había estado ejerciendo la vigilancia. Cayó inconsciente.

   Del furgón salió una joven equipada como un militar. Fue hasta la garita y activó el cierre de la puerta del vallado. También manipuló el mando para la apertura de la jaula que cobijaba a los cuatro rottweilers, que se habían inquietado con el ruido amortiguado de los disparos. Subió de nuevo al furgón y fueron hasta un lateral del edificio cilíndrico, donde estaba la puerta de acceso para los pequeños camiones cuba que servían el líquido a los depósitos del interior. Esa puerta disponía de una apertura cifrada, pero con el pulm del inconsciente empresario no era un problema. De haberle matado, el aparato se habría desconectado, por eso le mantenían con vida. El empresario seguía sin enterarse.

   Ya en el interior de la nave, los dos hombres y las tres mujeres abandonaron el vehículo y observaron las carreras de los perros que habían percibido el cambio de horario como una auténtica fiesta. El portón volvió a cerrarse con los asaltantes en su interior, antes de que los animales llegaran.

   Abrieron la parte trasera del furgón, dejando al descubierto tres barriles, sobre unos palés de plástico, cada uno de ellos con un detonador incorporado.

   Uno de los asesinos, que parecía ser el líder del grupo, señaló a su compañera y le dijo:

   – Coge el toro – refiriéndose al pequeño vehículo provisto de dos largas palas metálicas –, y lleva el primer barril hacia los pilares de carga que hay tras los ascensores. Cargad también la ametralladora y la munición.

   El otro compañero obedeció, colaborando con la joven que se puso a los mandos de la máquina.

   Otra volvió junto al desvanecido empresario y manipuló el pulm. Con ello logró que se abriesen todas la puertas de doble hoja, lo que les permitía el traslado de los barriles explosivos por toda la planta baja.

   Aquellas grandes salas variaban en lo que a superficie se refiere, pero todas tenían una considerable altura hasta el techo. Era por eso que existían unas pasarelas laterales de acero, a media altura, a las que se accedían por unas escaleras de idéntico material. Formaban una red que comunicaba todas las instalaciones de producción, que antaño albergaron la fabricación de los inhibidores y los laboratorios, pero que posteriormente se destinaron para otros usos. La mayoría de las escaleras de acceso a las pasarelas se habían desmontado, para emplearlas en la GABOT DOS. Sólo quedaban unas pocas, estratégicamente situadas.

   – Despejado el camino – dijo la joven conforme dejaba caer el brazo del empresario – ¿Lo mato ya?

   – Aguarda un poco, impaciente – le contestó el líder con una sonrisa – Antes hay que activar la apertura de la compuerta de nuestra ruta de escape.

   La otra mujer, más alta y corpulenta, señaló el suelo con su fusil.

   – Aquí está nuestra salida – indicó.

   Eran una tapa metálica de buen tamaño. Se trataba del aliviadero que se activaba en caso de emergencia.

   – Usaremos la pasarela, a la que los polis no podrán subir– explicaba el líder cuando ya maniobraban el “toro” para recoger el primer barril –. Cuando dejemos el segundo barril, cerraremos de nuevo esta puerta de carga y ellos quedarán fuera. La policía tiene fijación por las puertas cerradas. Cuando estén todos aquí dentro, convertiremos esto en un infierno.

   – Reventarán como en un microondas – dijo la joven desde el furgón.

   – Que mala eres, Ana. Jajaja – rió su compañera conforme extraía con la máquina elevadora el primer barril del vehículo.

   Su compañero cargó la pesada ametralladora y los cargadores junto al barril, también puso una mochila con elementos de escalada sobre el mismo y se aupó en el toro, junto a su compinche.

   – Listo – dijo.

   Y la máquina marchó hacia los ascensores, situados en el enorme hueco que existía en el corazón del edificio, para aprovechar la luz natural que penetraba a través de las mamparas traslúcidas del techo abovedado.

   Por sus movimientos calculados, resultaba evidente que aquel grupo conocía muy bien las instalaciones.

CAPÍTULO II

JUEVES – DOS DÍAS ANTES DEL SECUESTRO

   Ya era de noche y el comisario Julián Aranda deseaba abandonar su despacho, pero estaba esperando al inspector Urbano García.

   Miró la hora en su viejo reloj de pared y recordó la pastilla. Hurgó en el bolsillo hasta dar con el frasco. Se la tomó justo en el momento en el que aparecía el inspector por la puerta.

   – ¿Estás enfermo?

   – No, Urbano, estoy viejo – aclaró el comisario –. Es probable que tú no tengas estos problemas. Según dicen, los alteros tenéis otro metabolismo.

   – Habrá que esperar para descubrirlo, jefe – juzgó.

   El inspector García le alcanzó una pequeña esfera con agua en su interior. Habían varias en un recipiente. El comisario la recogió, le quitó la envoltura, se la metió en la boca y, tras deshacerla, se tragó el líguido.

   – Me acaban de informar que María tiene localizado a “Tier”…

   – Sí, en una sala de ambiente no muy recomendable, el Mousfale.

   – ¿Quién va a ir a por él? – preguntó el comisario.

   El inspector le sonrió.

   – “Bull”, te conozco, no quiero problemas – indicó Aranda.

   – Es la segunda vez que se quita el inhibidor…

   – Ya sabes el protocolo – le recordó el comisario –. Le detienes, le interrogas y lo encierras… y ya está. Te acompañará Ríos.

   – No hace falta… – pero la mirada de Aranda le hizo reconsiderarlo –. De acuerdo, jefe.

   Recogió una de las pequeñas esferas para hidratarse y abandonó el despacho.

   Más tarde, el inspector Urbano García y el subinspector Andrés Ríos se plantaban ante aquel antro, el Mousfale. El portero comprendió enseguida que se trataban de policías. Urbano se encaró con él y aquel grandullón se apartó despacio. Andrés envidiaba la capacidad que tenía su compañero para intimidar, a pesar de ser en ocasiones de menor envergadura que aquellos a los que se enfrentaba.

   Esa noche hacía fresco, por eso no había nadie en el exterior. Algunas de las motos que allí estaban aún consumían gasolina, auténticas reliquias ruidosas en un mundo eléctrico, silencioso.

   – Has avisado ya, ¿verdad, cabrón? – reprochó Urbano al portero, que se limitó a desviar la mirada hacia las nuevas luces que se aproximaban.

   Dos coches patrulla aparecieron en escena, cada uno con una pareja uniformada.

   – Dos os quedáis aquí e identificáis con el lector a todos los que salgan – ordenó Urbano –. El resto vamos de caza.

   En ese momento aparecieron por la puerta tres mujeres jóvenes, sonrientes, con la actitud de estar disfrutando. Una de ellas era más alta que las otras dos. Dos días más tarde secuestrarían al empresario Miguel Gómez. Urbano miró sus rostros y aquellas no se sintieron incomodadas. Iban a lo suyo. Uno de los uniformados las paró y mostró el lector ocular antes de aplicarlo sobre el ojo izquierdo de la que iba en primer lugar.

   – Mire aquí – y la escaneó en dos segundos.

   Se notaba que no era la primera vez que la identificaban. Las otras atendían su turno. El aparato mostró sus identidades y las dejaron marchar.

   Urbano ya estaba dentro con el subinspector. Los otros dos policías, que habían entrado con ellos, se mantenían a cierta distancia, siguiéndoles con la vista.

   El inspector se desplazaba entre la multitud, que entonces bailaba al estridente ritmo de la canción “Ich Will”. Se movía entre los cuerpos como el búfalo que se desplaza entre las cañas de una ribera. Buscaba con la mirada. Descubrió a la subinspectora María con el hombro apoyado contra una columna. Ella le señaló con un leve gesto la dirección en la que estaba el altero. El inspector no tardó en ver a su presa, Fernando Sánchez, conocido como “Tier”. Próximo a los cuarenta, tenía sobre él a una joven vestida de cuero, a la que asía por uno de sus glúteos descubiertos. Habían otras dos mujeres rodeándole. La carga hormonal de su organismo ejercía de imán sobre ellas, potenciada por la música, el alcohol y las drogas que aquellas habían consumido. Cuando “Tier” vio al policía, apartó despacio a la joven y fue elevando lentamente las manos hasta colocarlas tras la nuca. El chaleco no daba para cubrirle los músculos. Veía al inspector sacar su pistola eléctrica, una “táser”. El policía se fijó en la blanca marca que había dejado el inhibidor en la piel de aquel altero, después de haberlo llevado durante años. Pero ahora era el único rastro que quedaba del artefacto. Urbano se sonrió y, sin pensarlo siquiera, lanzó la descarga.

VIERNES

   La joven Irene Cruz se secaba el pelo ante el espejo, con tan solo una toalla cubriéndole el cuerpo. El diminuto tatuaje, en su hombro izquierdo, tenía resaltados los colores propios del abejaruco. El ruido del secador hizo que el joven Javier Gómez se removiese en la cama.

   – Vas a llegar tarde – le avisó ella.

   – Joder, la cabeza – se quejó –. Hay que acabar con estas salidas. No es bueno levantarse así un viernes.

   Ella se acercó hasta Javier con una cápsula en la mano.

   – Tómate esto, anda – recomendó ella.

   Él aprovechó el ofrecimiento para agarrarla por la muñeca y atraerla, sacándole un grito de sorpresa y unas risas.

   – Creo que me sentaría mejor otra cosa – sugirió Javier –. Por cierto, no digo que no me guste, pero tanto hacerme el francés.

   – ¿No te gusta que te la chupe?

   – Sí, pero anoche fueron dos veces… – se quejó con cierta complacencia, para no molestarla –, y encima con el puñetero plástico.

   – No quiero que manches la cama.

   – Bueno, pues si no te sabe mal – dijo él apartando la sábana.

   – Llevaba un inhibidor en su muñeca.

   – No seas tonto, así no vas a llegar a tu hora a la oficina – dijo ella sonriente.

   Él apartó la toalla que la cubría y se quedó mirando el apenas prominente vientre que evidenciaba que estaba en los primeros meses de embarazo.

   – ¿Qué crees que será? – preguntó Javier.

   – Ya lo sabremos.

   – Debo informar de esto – comentó con preocupación –, no podemos ocultarlo más. Estamos cometiendo un delito.

   – Hay tiempo – dijo ella mirándole a los ojos –. Ya sabes que no podré tener más, por lo menos contigo.

   – ¿Es que piensas tener hijos con otro? – preguntó con asombro fingido.

   – Tú no te portes bien y verás – se levantó y fue colocándose la ropa interior.

   – Ella recogió su pulm y se lo puso. Con un toque apareció el holograma que hacía las veces de pantalla, cubriendo parte de la superficie de su antebrazo. Realizó una serie de selecciones con los dedos de la otra mano. Luego, la imagen desapareció.

   – Me llevo el coche – dijo Irene.

   – Joder, pues entonces me toca correr.

   Ya en el aseo, él detectó el luminiscente punto rojo en su inhibidor.

   – ¡Mierda, no me jodas! – se quejó.

   – ¿Qué pasa? – se interesó ella, mientras terminaba de vestirse.

    – Mi inhibidor marca error – activó la pantalla, como hizo Irene con el suyo –. Indica un fallo y no me deja tener llamadas. Luego avisaré a mi padre. Jamás me había pasado.

   Ella hurgó en su cajón y sacó un viejo móvil.

   – Toma, si el tuyo deja de funcionar, al menos podrás llamar con éste.

   – ¡Pesa una barbaridad! – dijo sorprendido.

   – ¿Qué esperas? Es muy antiguo, pero no falla – le dio un beso de despedida –. Ahora ve al trabajo, gandul.

   La primera en abandonar el apartamento fue Irene. Al poco, Javier también salía por el portal. Seguía preocupándole la luminiscencia roja. Si su inhibidor se desconectaba, una alerta revelaría su última posición y la Unidad Argos iría en su busca. No deseaba que ocurriese, pero prefería acudir al trabajo y solicitar desde allí la sustitución del aparato.

   Una joven no le perdía de vista a prudente distancia. La noche anterior se había cruzado con la policía en la puerta del Mousfale. Ana siguió a Javier entre los coches eléctricos. Le vio sortear con prisas los pequeños robots terrestres que se desplazaban a decenas por la plaza. Los drones aéreos iban rápidos por las invisibles pistas, sobre los edificios.

   Javier subió al metro y ocupó un asiento. La mujer, que le vigilaba, hizo uso de un móvil antes de perder de vista los largos vagones eléctricos.

   El transporte avanzó como una serpiente por la superficie, hasta que penetró en los bajos de un edificio. Continuó el trayecto por los túneles de esa parte de la ciudad, hasta que emergió por el otro extremo a través de un paso acristalado, suspendido, que conectaba las laderas de una ribera encajonada entre los dos imponentes edificios. Justo cuando iba por dicho puente, ocurrió la explosión en uno de los vagones. El metro aminoró la velocidad, hasta que se detuvo por completo. El humo salía por los cristales rotos, al igual que los gritos de los atemorizados pasajeros. Los altavoces repetían continuamente el mismo mensaje: “Los servicios de emergencia ya han sido activados. Por favor, mantenga la calma”.

   En la comisaría, el inspector Urbano entraba en la sala de interrogatorios, donde Fernando Sánchez, alias “Tier”, permanecía sentado y engrilletado de pies y manos.

   Urbano dejó sobre la mesa un inhibidor. El detenido lo reconoció, era el suyo.

   – ¿Puedo decir que lo siento… mucho? – dijo Fernando con cierta ironía.

   – No estoy para gilipolleces. Ya me conoces. Te lo diré claro, irás o no a la cárcel dependiendo de si te has follado a alguna durante estos días.

   Fernando dilató la respuesta intencionadamente. Le mantenía la mirada. Luego dijo:

   – No… y créame si le digo que suelo recordar si he follado o no.

   – No saldrás de aquí hasta que lo hayamos comprobado… y eso puede durar mucho tiempo – amenazó –. Ya sabes, esta unidad tiene unos márgenes legales muy amplios y nadie suele cuestionar nuestros métodos.

   – Desde luego, inspector. Ya lo pude comprobar anoche – tras un instante de silencio, Fernando le preguntó – ¿Es verdad que se la cortó para evitar llevar el inhibidor?

   – Desde mi punto de vista, la pregunta sería: ¿por qué no lo haces tú también?

   – No sé, la verdad es que tendré que pensármelo – Fernando puso los dedos a modo de tijera – ¿Duele?

   – No más que el viaje que te metí ayer – contestó Urbano.

   – ¡Ufff!, bueno, me imagino que tendré que volver a ponerme el “inhi”.

   – Aún no – le dijo –. Se suelen estropear si reciben una descarga, y yo no he terminado contigo.

   El inspector se alejó hacia la puerta, con la intención de marcharse.

   – ¿No me va a preguntar por qué me lo quité?

   – ¿Porque eres gilipollas? Me importa una mierda.

   Y abandonó la sala de interrogatorios.

   Caminaba Urbano por el pasillo cuando su pulm le indicó una llamada del comisario. Se colocó el auricular.

   – “Bull”, tienes a un altero entre las víctimas del atentado en el metro.

   – ¿Se sabe quién es?

   – Un joven llamado Javier Gómez, ¿te suena, verdad?

   Se paró. Aquella noticia no le gustó nada.

   – Pues tienes que darle la noticia a su padre. Lo siento, Urbano.

   – Le conoces, ¿por qué no vas tú? – replicó el inspector.

   – Porque no tengo respuestas y no sé aún gran cosa – contestó el comisario –. Procura hacer bien tu trabajo, lo de siempre. Yo atenderé a los buitres de la prensa.

   – No serán tan fieros.

   – ¿Prefieres hacerlo tú? – invitó el comisario.

   – No me quieras tanto, Aranda.

   El inspector subió a la azotea del edificio y solicitó uno de los cuatro pequeños vehículos aéreos, marca GABOT. Una vez en él, localizó la ubicación de Miguel Gómez en su empresa. El aparato despegó despacio y se desplazó por encima de la ciudad. Urbano iba con el sistema automático en el monoplaza, así aprovechaba para consultar la información sobre el caso.

   Miguel Gómez era uno los pocos alteros que estaban autorizados a tener un segundo hijo, por su reconocida labor social y empresarial. La naturaleza quiso que el empresario tuviese una niña, Nieves, que era tres años más joven que su hermano. El empresario había trabajado duro. Su preparación y la visión de futuro hizo que aprovechase sus cualidades y transformase el inconveniente de ser un alter-homo en una ventaja. Solucionó la incómoda gestión de los alteros, ya que éstos confiaban en él, y la mayoría se prestó a los cambios que fueron sucediéndose hasta que, lo que fue un problema irresoluble, se transformó en un asunto cotidiano. Hasta tal punto fue efectiva su gestión que obtuvo algunos reconocimientos estatales. Las empresas extranjeras se interesaron en su labor, y con ello obtuvo el respaldo político y económico para las ideas que tenía en mente el empresario, lo que le permitió el desarrollo tecnológico y trasladar su capacidad productiva a campos como la química, la electrónica, la mecánica, el transporte, la logística y la comunicación. Además, estableció como colores identificativos de la empresa el amarillo y el marrón de la bandera de Surabia, lo que fue todo un halago para muchos sectores que se identificaban con el espíritu nacional. Sus empresas seguían en expansión y, como no habían suficientes alteros cualificados para cubrir los puestos de trabajo que Miguel Gómez ofertaba, tuvieron necesidad de contratar profesionales que no estuviesen afectados por esa mutación. Muchos se desvivían por formar parte de la plantilla de la nueva GABOT DOS.

   Pero todo en la vida tiene su otra cara de la moneda, y la cruz de Miguel Gómez era la nula complicidad de su hijo Javier con los proyectos del padre. Nunca deseó formar parte de aquel sueño, con una independencia notable que manifestó desde la primera oportunidad que tuvo de expresar cuál iba a ser su orientación en la vida. La relación entre ambos era buena, pero sus intereses iban por caminos distintos.

   En la planta baja de la GABOT UNO, la ingeniera Amparo Morote mantenía conectado su equipo manual a la toma de control de la sala que contenía los depósitos. En el centro estaba la compuerta de emergencia de apertura automática. Ese sumidero conducía a una balsa exterior, que permanecía seca. Desconectó el instrumental y se desplazó con él por los diferentes departamentos. En una de las plantas vio a la joven Irene Cruz. Realizaba su trabajo habitual en el laboratorio. Tomó un ascensor para ir hasta su despacho y abrió la caja fuerte, donde dejó el equipo. A la vez, extrajo un maletín. Abandonó su despacho y fue en busca de su jefe, en la misma planta, donde la esperaba.

   Cuando entró, Miguel Gómez, su hija y la genetista Concepción Martín, ya estaban allí.

   Tomó asiento en su lugar habitual y se disculpó diciendo que había estado haciendo unas comprobaciones.

   – Bien – dijo resuelto el jefe –. La semana que viene, esas mismas comprobaciones ya las estarás realizando en la nueva sede ¿Cuándo acabará el vaciado de los depósitos?

   – Sólo queda uno pendiente, el más inestable – comentó la sonriente Amparo –. Vendrán el lunes.

   – Estupendo, muy bien ¿Y el volcado de la información de nuestras bases de datos?

   – También el lunes – continuó la ingeniera –. Aprovechando la última actualización, se mandarán los datos directamente a la GABOT DOS. Comprobaré si no han habido incidencias y procederé al borrado de todo lo que existe ahora mismo en la GABOT UNO – Amparo colocó el maletín sobre la mesa –. Aquí está la copia de seguridad de esos mismos datos, por si ocurre algún percance.

   Miguel Gómez miró a su hija.

   – Como convenimos, ¿te encargas de su custodia?

   Amparo deslizó el maletín hasta dejarlo delante de Nieves.

   – ¿Conchi? – preguntó su jefe, animándola.

   – Todos los elementos, las pruebas, los estudios y el material están ya en la nueva instalación, Miguel – comentó con su habitual seriedad–. El lunes me incorporo definitivamente a la GABOT DOS para supervisar desde allí los trabajos.

   – Estupendo – reconoció el jefe –. Mi hija estará allí. Yo permaneceré en estas instalaciones hasta el cierre definitivo.

   – Como un capitán en su barco – comentó sonriente Amparo.

   – Reconozco que empiezo a sentir cierta nostalgia – dijo Miguel Gómez.

   – Es normal, papá – le consoló, cogiéndole la mano.

   El inspector, como responsable de la unidad que controlaba a los alteros, había visitado en repetidas ocasiones la GABOT UNO. Dejó su aeronave en la zona de estacionamiento, observado por los guardias de seguridad. Pasó junto a una puerta lateral del edificio, que podía abrir con su pulm, por gozar de una autorización especial, pero siguió por debajo de la hilera de árboles que rodeaban el edificio hasta alcanzar la entrada principal. Dentro, en recepción, estaba un hombre mayor y una mujer con el mismo uniforme que sus compañeros del exterior.

   – Buenos días, inspector García – saludó el hombre.

   – Vengo a ver al Sr. Gómez.

   Aquél hizo una consulta haciendo uso de la pantalla que tenía bajo el mostrador.

   – ¿Quiere que le acompañen?

   – No, gracias. Sé el camino.

   La joven Irene Cruz sintió la necesidad apremiante de acudir al aseo, por eso, cuando abandonó el laboratorio, pudo ver por el hueco central del edificio la cabina acristalada del ascensor en el que estaba el inspector, con el que ascendía hasta la sexta planta. Urbano se percató de la presencia de la joven, pero no le llamó la atención. Desconocía que aquella había compartido con Javier Gómez la última noche de su vida.

   El inspector se encontró al llegar a la planta con Angela Meyer, que le acompañó hasta el despacho. Allí coincidió con las tres mujeres que ya se levantaban tras dar por terminada la reunión. Gómez se dirigió sonriente hacia Urbano.

   – Inspector García – saludó el empresario –. Permita que le presente a la ingeniera Amparo Morote, a nuestra genetista y doctora en química Concepción Martín y a mi hija Nieves ya la conoce. Estábamos ultimando los detalles para nuestro definitivo traslado a la GABOT DOS. Con las nuevas instalaciones podremos competir de forma más eficiente con otras empresas de comunicaciones y mensajería. Apostamos por la expansión.

   – Había oído algo al respecto, señor.

   – ¿Quizás viene con alguna otra consulta sobre los nuevos inhibidores y sus posibilidades, señor García?

   – Me temo que no, Sr. Gómez. Me gustaría hablar con usted a solas.

   Aquello pareció sorprender al empresario.

   – Nosotras nos vamos – indicó su hija.

   – Le agradecería que se quedara también, señorita – le pidió el inspector.

   El policía miró de soslayo la marcha de las dos técnicas, de las que sabía que eran lesbianas, además de alteras, por el informe confidencial que tenía en su poder. La elegante secretaria se marchó a su oficina sin apenas llamar la atención.

   Quedaron los tres.

   – Siéntese, por favor – invitó Miguel Gómez, haciendo lo propio en su sillón, tras la mesa.

   Nieves se sentó en la elegante silla que hacía juego con la que ocupaba Urbano.

   El inspector tenía experiencia en dar aquel tipo de noticias a familiares de fallecidos. A pesar de ello, siempre resultaba difícil y desagradable, por eso añadía ese punto profesional, carente de empatía, que le permitía observar con cierta frialdad las reacciones de las personas que la recibían, cuyos gestos hablaban por sí solos.

   Miguel Gómez había sufrido a lo largo de su vida, a causa de su condición de alter-homo, rechazado y cuestionado. También perdió a su mujer, fulminada por un infarto cerebral mientras dormía. Pero la pérdida de su hijo fue el golpe más duro que acababa de recibir en toda su vida porque, a pesar de las diferencias, fue su ilusión más deseada. Y no es que quisiese menos a su hija, pero Nieves era distinta, ella era como el calor que envuelve un paisaje pero que jamás forma parte de él y se retira cuando la luz solar decrece, abandonándolo. Dependiendo de las circunstancias, aparecía o desaparecía, sofocaba con su presencia o se mantenía ausente.

   Nieves se había levantado y acudía al lado del padre para consolarle. Las lágrimas habían surgido de sus ojos y humedecían el pelo del abatido Miguel Gómez.

   Transcurrieron unos minutos, que al inspector le parecieron eternos.

   – Él tenía coche – dijo el padre, aún incrédulo –. No podía suponer que estuviese en ese metro.

   – Quizás, su coche estaba averiado – especuló Urbano.

   – Discúlpeme, inspector – se excusó acongojado el empresario.

   Pulsó sobre un elemento digital que comunicaba directamente con la mesa de trabajo de su secretaria, que no tardó más que unos segundos en aparecer. Aquella se encontró con la escena en la que el padre, compungido, entregaba un pañuelo a su hija para que se secase las lágrimas.

   Urbano se había levantado a su vez, viendo como Nieves acompañaba al padre hacia el despacho de ésta última. El empresario pidió a la sorprendida Angela que atendiese al inspector.

   La secretaria y el policía se habían quedado a solas.

   – ¿Qué ha pasado? – preguntó la joven.

   – Javier ha muerto, una explosión en el metro.

   – Was für eine Shande! – dijo Angela. (¡Que desgracia!)

   Urbano pensaba que Nieves había encajado mejor que su padre aquella dramática noticia. Era la primera vez que veía descompuesto el rostro de la alemana, cuya rigidez desapareció al conocer la tragedia.

   – Debe ser difícil venir a dar una noticia como ésta – reconoció la secretaria de lisos cabellos y rostro agradable, cuando su ánimo se hubo recuperado.

   – Son cosas de mi trabajo. Es duro, pero alguien tiene que hacerlo.

   – Yo no podría – declaró ella, que andaba pensativa, hasta situarse ante un enorme tapiz con una composición clásica de figuras humanas. No lo miraba.

   El inspector se colocó junto a la mujer, decidido a relajar el momento con algún comentario intrascendente, a la espera del regreso del empresario.

   – ¿Qué representa? – le preguntó.

   – ¿Cómo dice?

   – El tapiz – señaló Urbano.

   – Son las cinco guerreras de la mitología germánica, con sus cuatro feroces perros – dijo la mujer, esforzándose por explicar la imagen –. Elegían a los guerreros muertos en la guerra, a los más valientes, para entrar en el Vergnügungspark, la tierra del placer.

   – ¿Y el resto?, ¿los que no eran tan valientes?

   – Los no elegidos iban al Barathrum – contestó ella.

   – ¿Y eso qué se supone que es? – preguntó el inspector.

   – Un infierno.

   Urbano miró la escena con mayor interés.

   – Se lo regaló Nieves a su padre – comentó Angela –, aunque a él no le gusta mucho.

   – A mi me gusta.

   – A mi no, desde luego – contestó la secretaria dándose la vuelta y yendo hacia la mesa donde se había desarrollado la reciente reunión, con la intención de recoger los elementos que en ella quedaban –. Esta tarde recogerán el tapiz para trasladarlo a la nueva empresa.

   – Yo, si no me gustase, aprovecharía la oportunidad para quitármelo de encima – comentó Urbano.

   – Lo van a colocar en el nuevo despacho de Nieves.

   – Bueno. Es una opción – reconoció el inspector.

   La hija del empresario apareció en ese instante.

   – Deja eso, Angela. Gracias. Ya lo recogerás después.

   La secretaria expresó su apoyo a la joven, por la pérdida sufrida, y volvió a su oficina.

   – Lo lamento mucho, señorita Gómez, pero me veo en la obligación de preguntarle si su hermano o su padre tenían algún enemigo, o si ustedes habían recibido alguna amenaza…

   – No señor – cortó Nieves –. Últimamente no hablábamos mucho con él, con todo este lío del traslado, pero no tenía enemigos. Estoy segura de ello.

   El padre también regresó, secándose el rostro. Tenía los ojos enrojecidos.

   – ¿Dónde está ahora mi hijo, inspector?

   – En el depósito, señor. Sé que resulta duro preguntarles ahora, pero ¿saben si vivía solo?

   – Convivía con alguien – contestó el padre –, debía ser una chica.

   – ¿Sabe de quién se trata? – continuó el policía.

   – No me lo dijo, Sr, García, pero soy su padre. Hay detalles que los padres notamos, por eso le sugerí que, si tenía alguna relación, lo comunicara.

   – ¿Conocía usted esa relación? – le preguntó a Nieves.

   – No.

   – Oí por las noticias que fue un atentado ¿Se sabe algo de los autores de este crimen? – quiso saber el empresario.

   – Es pronto, pero no dude que en cuanto sepa algo, si está en mi mano, se lo haré saber. En mi base consta que su hijo vivía en…

   – La dirección que tiene es la correcta, inspector. Nosotros actualizamos los datos que posee la policía de todos los alter-homos, incluidos los míos.

   – Gracias, señor. Lamento su pérdida. Daremos con los culpables.

   – Eso espero, inspector.

   El policía regresaba a la comisaría en su vehículo aéreo, imbuido en el recuerdo de la desagradable noticia que acababa de transmitir. La imagen del tapiz le venía también a la cabeza, de forma recurrente. El sonido de una comunicación le sacó de aquel estado. Era su compañero, Andrés Ríos.

   – “Bull”, es sobre el atentado.

   – ¿Hay algo nuevo?

   – Vaya si lo hay. Javier Gómez no era sólo una de las víctimas, era el objetivo.

   – ¡Joder! – exclamó sorprendido – Acabo de dejar a su padre y su hermana. Ni se te ocurra decirles nada de momento.

   – Alguien le dio un regalito, un móvil antiguo con una carga explosiva. Algunos testigos dicen que les llamó la atención el sonido de la llamada y ver aquel viejo móvil. La explosión le voló la cabeza.

   – ¿Y qué hacía con ese trasto? – preguntó Urbano – ¿No tenía su inhibidor?

   – Están con él – informó el subinspector –. Quizás se le había estropeado.

   – ¿Cuántos recuerdas tú que se hayan estropeado? – le preguntó con cierta ironía Urbano.

   – Ninguno, los revisan cada seis meses y los renuevan cada año.

   – Esto se complica, Andrés – se quejó el inspector –. Nos vemos en casa de la víctima.

   Urbano y Ríos se mostraban perplejos. El piso del joven Javier Gómez estaba recogido y limpio hasta el extremo de no tener sábanas sobre la cama. Ni tan siquiera había ropa sucia.

   – ¿Ha vivido alguien aquí alguna vez? – se preguntó el subinspector.

   – Lo han recogido a conciencia – le contestó Urbano – ¿No hueles el producto de limpieza?

   – ¿Y con qué intención? – decía Ríos al penetrar en la zona correspondiente a la cocina.

   – Eso es lo que debemos averiguar – comentó el inspector –. No dejemos ningún rastro. Será mejor que venga la científica y ver si localizan algo.

   Más tarde, en el rellano, el inspector y el subinspector habían llamado en la puerta vecina y esperaban. Apareció una mujer mayor.

   – No les conozco, ¿qué quieren? – preguntó la vecina con desconfianza.

   – Es sobre su vecino, el joven de aquí al lado – dijo Andrés.

   – ¿Son familia? Ya no están.

   – ¿Están, señora? – se interesó Urbano – ¿Vivía alguien más?

   – Sí, la chica ¿Quienes son ustedes?

   – Somos policías, señora – dijo Ríos mostrando su identificación.

   – Se lo llevaron todo esta mañana, unas personas que llevaban ropas grises. Pensé que era una mudanza. Una lástima, eran unos jóvenes agradables. Ella estaba embarazada.

   – ¿Embarazada dice? ¿Está segura, señora? – preguntó Urbano.

   – Los hombres no os dais cuenta de esas cosas, pero a las mujeres no se nos escapa.

   Ellos se miraron.

   – ¿Les pasa algo? – preguntó la mujer.

   El comisario Julián Aranda caminaba por los pasillos de la comisaría, seguido de la subinspectora María Pérez. Ella intuía que debía ser importante lo que pretendía decirle, ya que le conocía lo suficiente como para interpretar sus reacciones.

   – La carga se activó con la propia llamada – informaba María –. Estamos rastreando desde dónde la realizaron, pero tardará un poco.

   – Pues hay que darse prisa. Tenemos un compromiso con el padre de ese chico, hay que descubrir cuanto antes al asesino – decía el comisario.

   Los agentes les dejaban pasar, algunos de ellos hacían un leve saludo. El atareado comisario estaban tan absorto en el caso que ni se percataba.

   – ¿Han encontrado algo Urbano y Andrés en el piso? – preguntó la subinspectora.

   – Nada y todo – contestó Aranda.

   – ¿Cómo?

   – No había nada en el piso, pero… – se volvió hacia ella y la miró a los ojos. Casi con un susurro le dijo – … vivía con una joven… pre-ña-da.

   María le miró sorprendida.

– Con esa cara me quedé yo, cuando me lo han dicho estos dos.

Volvieron a avanzar por el pasillo.

   En el despacho del inspector, Urbano veía desde su asiento como Andrés sincronizaba el mosaico de imágenes que se mantenía en el aire. El holograma formaba un gran cuadro, compuesto por pequeños recuadros que mostraba la visión de diferentes cámaras, emplazadas en las cercanías del edificio donde había vivido el joven Javier Gómez.

   El comisario entró quejándose de tener un caso tan complicado y con tantas repercusiones como aquél, justo cuando estaba próxima su jubilación. Estando todos dentro, ocupó una de las sillas sin pensar en María. De alguna forma, era consciente que estaban con él sus posibles sustitutos en el cargo, ya que debía tomar una decisión antes de jubilarse y abandonar la Unidad Argos.

   – ¿Empiezo? – preguntó Andrés.

   – Claro, coño – se quejó Aranda – ¿A qué te crees que he venido?

   Ríos inició la secuencia de tiempo. No tardaron en ver al joven Javier Gómez abandonando el portal hacia la parada del metro. Ríos seleccionó la imagen del muchacho y ya el programa facilitó de forma automática el desplazamiento que hizo ese día . No se entretuvo con nadie, tampoco tuvo ningún encuentro fortuito. Tras una corta espera, le vieron entrar en el vagón. Ya dentro, comprobaron que atendía el móvil. La imagen de aquel recuadro se perdió por la explosión.

   No habían observado nada anormal, salvo el inspector.

   – Vuelve a pasarlas desde el inicio – pidió Urbano.

   – ¿Has visto algo? – preguntó María.

   – ¿Y si el móvil ya lo llevaba cuando salió de su casa? – sugirió el comisario.

   – No lo sé aún, María – contestó el inspector –, ahora veremos.

   Los pensamientos de los reunidos se entrecruzaban.

   – ¿Que el chico llevara el móvil desde su casa? – repitió Ríos –. Sí. La verdad es que no queda otra opción.

   Las imágenes se repitieron. Ya no se fijaban en la víctima.

   – Vaya, vaya… fijaos en esa chica, la que coge el móvil – indicó Urbano.

   – Nadie usa móviles – comentó extrañado el comisario –, salvo la víctima y ahora ésta.

   – Se están poniendo de moda, por lo que veo – dijo con sorna el inspector.

   – Los pueden desechar para evitar ser rastreados – informó Ríos –, está claro. Es nuestra asesina.

   – ¿Y si no va sola? – cuestionó Urbano.

   – ¿Un complot? – preguntó María.

   – Vamos, joder – dijo el inspector –. Móviles, el piso limpio como un altar, venga…, como para no verlo.

   El comisario se pasó la mano por la calva, preocupado.

   – ¿Y qué se puede conseguir con esta muerte? – preguntó María –, ¿la hija se quiere quedar con todo el pastel?

   – ¿Que opinas? – preguntó Aranda, dirigiéndose a Urbano.

   – Podría ser, pero resulta demasiado evidente.

   El subinspector Ríos aumentó la imagen de la joven que portaba el móvil.

   – Mierda, ésta me suena.

   Urbano se acercó a la imagen hasta situarse frente a la misma cara de la joven.

   – Hola, a ti te conozco – comentó el inspector –. Te tengo.

   – Ya, también me acuerdo, fue anoche, en el Mousfale – reconoció Ríos.

   – Cierto – confirmó con tranquilidad Urbano, como el cazador que acaba de poner en su punto de mira una pieza.

   – Ella y sus amigas eran hijas de alteros – recordó el subinspector.

   El comisario se puso en pie, con cierto enfado.

   – ¿Qué cojones es esto? – se quejó –, ¿una venganza o guerra entre malditos alteros?

   Enseguida recordó que Urbano y María lo eran. Continuó hablando:

   – Sea lo que sea, quiero que esto se aclare cuanto antes.

   – La identidad de todas ellas estará grabada en el lector ocular – dijo Ríos.

   – Pues buscadlo cuanto antes – ordenó el comisario –. María, acompáñale.

   Aquellos abandonaron el despacho.

   – Lamento el comentario, Urbano – se disculpó el comisario.

   – He dicho burradas más grandes que ésa, tranquilo – le dijo a modo de consuelo.

   – ¿Qué opinas? – preguntó Aranda.

   – Que la chica que convive con él puede estar implicada – contestó Urbano –. Lo que no me cuadra es lo del embarazo. Ese chico habría informado.

   – ¿Se puede haber equivocado la testigo que afirma eso?

   – Podría – reconoció el inspector –, pero tenemos que localizar a la joven.

   Manipuló las grabaciones, haciendo retroceder las imágenes.

   – Nadie se toma tantas molestias en limpiar un escenario, si no es para ocultar algo – dijo el comisario –. No puede ir el embarazo de un altero por ahí, sin declarar.

   La imagen ofreció una joven con una gorra que abandonaba el edificio, antes que el infortunado Javier Gómez. Era imposible reconocerla. La seleccionó para el seguimiento. Mientras tanto, oía hablar al comisario.

   – Te toca tomar mi puesto, amigo mío – comentó Aranda–. Las opciones para ocupar este asiento estaban entre tú y María, pero aunque seas un hijo puta, eres el mejor policía que conozco para llevar esta unidad.

   – Los políticos no van a aceptar jamás que un altero o la hija de un altero se hagan cargo de la Argos – comentó Urbano –. No tienes opciones, elige a Ríos, hazme caso.

   En la imagen la joven llegó hasta un coche, el de la víctima, y antes de entrar en él se quitó la gorra.

   – Por eso cogió el chico el metro, ella se llevó su coche – dijo el inspector –. Y ahora te tengo a ti también.

   Aumentó el rostro hasta tenerla bien definida, entonces sacó una copia. No era una visión frontal, pero serviría.

– ¿Te suena? – preguntó el comisario.

   Aquél negó con la cabeza.

   – No la conozco, pero tengo la impresión de haberla visto en algún lado.

   – ¿Y el coche, qué sabemos de ese coche?

   El inspector consultó los datos de la matrícula en su pulm.

   – Efectivamente, es de la víctima…, y… ahora está en el barrio de La Condesa. Si está allí el coche, debe estar también la amiguita preñada de Javier Gómez.

   – Y puede que también esté la que siguió al chico en la calle y usó el móvil – sugirió el comisario –…, y sus amigas del Mousfale.

   – Voy para allá, jefe.

   El inspector sobrevolaba los últimos edificios de seis plantas antes de alcanzar las primeras casas de La Condesa. Su vehículo descendió junto al solitario coche de la víctima. Una patrulla le había visto cruzar la zona y paró el coche junto al inspector.

   – ¿Podemos ayudarle?

   – Inspector García, de la Argos. Este coche está implicado en un atentado, custódienlo.

   – Sí, señor.

   Urbano miró en derredor. Aquel era un barrio plagado de viviendas unifamiliares entre suaves lomas. Había miles de casas.

   – ¡Vaya mierda! – se quejó.

   Desde una lejana ventana, una joven le veía con los prismáticos.

   – Ya han dado con el coche – comentó con absoluta tranquilidad.

   En el interior, sus cuatro compinches, dos mujeres y dos hombres, recogían las armas en unas grandes sacas de lona y dos drones embalados en sus respectivas maletas de transporte. Los cargaron en una furgoneta negra de cristales tintados, abrieron el garaje y se marcharon despacio para no llamar la atención.

   Poco después, los pequeños drones aéreos de la policía comenzaron a sobrevolar el barrio, mientras los robots terrestres reforzaban los controles en las entradas y salidas. Cualquier incidencia servía para hacer intervenir a las patrullas.

   Otros policías iban casa por casa mostrando la imagen de las cuatro mujeres a los vecinos; las tres del Mousfale y la cuarta joven, la que suponían que fue la pareja del fallecido.

   Pero cayó la noche en aquel barrio de clase media-alta y las quejas proliferaron. Tuvieron que disminuir la intensidad de la búsqueda, para reanudarla a la mañana siguiente.

CAPÍTULO III

SÁBADO UNA HORA ANTES DEL SECUESTRO

   El comisario ya se había despedido del subinspector Ríos, que había marchado para escoltar al empresario Miguel Gómez. Después, había subido a su despacho. Allí atendía los comentarios de sus otros dos policías de confianza: Urbano García y María Pérez.

   El inspector no podía ocultar su inquietud.

   – Así no avanzamos – comentaba Urbano.

   – Podemos abrir una nueva vía de información – propuso la subinspectora María.

   – ¿Qué sugieres? – le preguntó Aranda.

   – Volver a interrogar a “Tier”.

   – ¿Y qué tiene que ver ese mamón con todo esto? – preguntó Urbano, extrañado.

   – Esas chicas se mueven en su círculo, cualquier cosa que diga nos vale – aconsejó la subinspectora.

   – No perdemos nada – meditó el comisario Aranda –. Tengo un mal presentimiento, no sabemos una mierda y esas cabronas nos llevan una buena ventaja.

   – Bueno, bien – aceptó el inspector –, hay que intentarlo, a ver qué saco.

   “Tier” volvía a la sala de interrogatorios. Cuando entró, Urbano ya estaba allí.

   – Dejadnos solos – ordenó al uniformado.

   María estaba tras la mampara blindada, junto a un policía que atendía los dispositivos de grabación. Desde allí podían observar sin ser vistos.

   Haciendo uso de las imágenes que aparecían ante la pared, donde se veía los rostros de las jóvenes, el inspector preguntó a Fernando Sánchez por las tres mujeres que abandonaron el Mousfale la noche del viernes. También estaba la cuarta, que subió al coche del fallecido a la mañana siguiente.

   – ¿Las conoces?

   – Puede – contestó “Tier”.

   – Vaya.

   – Mire, inspector, ya sé que colaborar con la policía es lo que haría una buena persona…, pero yo no lo soy.

   – ¿Y quién te ha dicho a ti que yo lo sea? – Urbano dejó la pistola “taser” sobre la mesa.

   – No me jodas, tío ¡Mira, que te den por culo, estás como una puta cabra!

   Urbano lo agarró de los grilletes y lo atrajo para sí para darle tres brutales puñetazos en el rostro. Un hilo de sangre surgió de su nariz.

   – ¡Maldito hijo de puta! – gritó “Tier”, escupiendo sangre.

   – Bien, esto ha sido el anticipo…

   En la otra sala, María desactivó el sistema de grabación, a pesar de la mirada de desaprobación del otro.

   – …ahora viene lo del ataque al corazón, porque aún no sabes que vas a sufrir uno – el inspector tomó la pistola y aumentó un tanto la potencia del artefacto.

   – ¡Maldito cabrón!

   Luego no pudo decir nada más. Estaba en el suelo retorciéndose por la descarga. Urbano lo recogió y le sentó de nuevo en la silla. La cabeza de “Tier” quedó apoyada sobre la mesa. Cuando se la levantó tirándole del pelo, un hilillo de baba enrojecida le colgaba de la comisura del labio. Puso la pistola donde pudiese verla y le dio el máximo de potencia. Acercó sus labios al oído del detenido y le dijo:

   – Hasta nunca, Fernandito.

   – Basta, por favor… – dijo con un susurro –, las vi en una fiesta, en La Condesa.

   Urbano le soltó el pelo.

   – Buen chico ¿Dónde?

   Aquél se incorporó y respiró hondo. Aún llevaba incorporado el elemento de descarga sobre su diafragma.

   – En una fiesta que hicieron unos nazis, me dio mal rollo, me largué.

   – ¿Dónde? – insistió el inspector –. Calle y número.

   – El sesenta y nueve… vamos, ese número no se olvida fácilmente… – a pesar de la situación, el humor volvía a su rostro.

   El inspector le habría soltado otra descarga de buena gana, pero estaba hablando, así que se contuvo.

   – La calle, imbécil – le apremió el inspector.

   – La calle, la puta calle de la fiesta de los alteros.

   – ¿Cómo dices? – preguntó Urbano.

   – Sí, como tú y yo. Allí todos los tíos llevaban “inhis” – se señaló la muñeca donde solía llevarlo.

   – La calle – insistió el inspector, impaciente, y posó su mano sobre la pistola.

   – Gárgola, calle Gárgola.

   – Te has portado bien. Si confirmo los datos estarás fuera – le dijo.

   – ¿Cuándo?

   Pero no obtuvo respuesta. Urbano le desprendió de un tirón los cables, con la consiguiente queja de “Tier”, y se marchó sin más.

   A partir de ese momento los sucesos evolucionaron con rapidez: la muerte del detective Ríos con los drones explosivos, el secuestro del empresario en la comitiva fúnebre, el asalto de la policía a la casa donde estuvieron alojados los secuestradores del empresario y el traslado de éste, ya inconsciente, a la GABOT UNO.

   Un pequeño robot terrestre de la empresa estaba junto al cadáver del guardián de la GABOT UNO. Comunicaba la incidencia a la central de emergencias. Uno de los rotweilers se acercó hasta el robot y, tras olerlo, alzó la pata y lo meó. Otro de los perros se había acercado al segundo cuerpo y lamía con avidez la sangre.

   Las escasas aeronaves policiales llegaban por el cielo y no se atrevieron a posarse al ver los enormes canes. Urbano decidió alejarse y aterrizó en un extremo, bajó y sacó su pistola cuando dos de los perros acudían corriendo hacia él. Los recibió a tiros en cuanto le enseñaron los dientes y estuvieron cerca. Cayeron muertos. No tenía tiempo para consideraciones. Los otros dos perros, que pretendían imitar a sus congéneres, perdieron el valor de inmediato y corrieron a refugiarse en sus jaulas.

   – Estoy yo para chuchos – se dijo.

   Apareció la policía y se distribuyó tras la valla perimetral. Debían esperar a las fuerzas especiales que acudían desde el barrio de La Condesa.

   Los secuestradores ya habían distribuido los barriles con cargas y cerrado la puerta interior, en la sala de los depósitos. Sólo dejaron abierta la pequeña puerta superior, la de la pasarela, desde donde era más fácil controlar y repeler a la policía, si eran acosados. Salvo la pareja que permanecía en esa sala, el resto ya estaban apostados. Uno en la séptima planta con la ametralladora, otra en la tercera y la última parapetada en recepción, controlando la entrada al edificio, con una carga explosiva oculta tras el cuerpo inerte de la guardia de seguridad.

   Las demás aeronaves iniciaron el descenso, pero dos de ellos cayeron abatidos al recibirles con una lluvia de disparos desde la última planta. Se estaba ensañando con ellos.

   El tercer piloto tuvo la destreza suficiente como para esquivar el ataque, pegándose a la pared acristalada a media altura del edificio, donde recibió los disparos de la asaltante cobijada en la tercera planta. Los cristales caían en miles de pequeños trozos y el policía escapó de milagro, con la aeronave averiada por los impactos.

   Urbano corría junto a la fachada del edificio. Algunos policías trataban de cubrirles respondiendo con sus pistolas, con escaso resultado salvo romper más cristales y sacar astillas del mobiliario. El inspector pasó su acreditación por el lector de la pequeña puerta de servicio y ésta cedió. Cogió una de las escasas hojas secas de morera, de las que habían desperdigas por el suelo, y tras escupir en ella la pegó sobre la célula fotoeléctrica, para impedir que la puerta volviese a cerrarse. Con ella aseguraba el acceso de sus compañeros.

   La que estaba en la tercera planta hizo rodar varias granadas que, tras rebasar las lunas rotas, cayeron al exterior.

   – ¡Granadas! – gritó un policía.

   – ¡Maldita sea! – se quejó el inspector, que apenas tuvo tiempo de saltar dentro.

   Los asesinos recibieron un mensaje en sus respectivos pulm. “Tenéis uno dentro, ha entrado por la puerta lateral”.

   – !Me cago en la puta! – se quejó el líder en la sala de los depósitos, junto a la furgoneta – ¿Cómo cojones ha podido entrar?

   – No lo sé, voy hacia él por la pasarela – gritó la que estaba en recepción.

   – ¡Está bien, cárgatelo! Yo cubriré tu puesto – dijo el líder, antes de salir corriendo de la sala de los depósitos.

   Su compañera permanecía junto al empresario. Manipuló su pulm y la trampilla circular que cubría el sumidero cedió. Se elevó automáticamente hasta una altura de noventa centímetros.

   – ¡La vía de escape está abierta! – avisó.

   Urbano aprovechó que nadie le acosaba para adentrarse en la instalación.

   El asesino, que estaba en la séptima planta, se entretenía repartiendo sus proyectiles sobre los policías apostados en el contorno del vallado, que a duras penas podían protegerse tras los vehículos. Desde aquella altura también vio la llegada de los furgones policiales de asalto, momento que aprovechó para retirar el cargador y meter otro con cientos de proyectiles.

   – ¡Llega la caballería! – avisó.

   Comenzó a disparar sobre los furgones. Uno de ellos fue alcanzado de lleno y se desvió de su trayectoria, llevándose por delante parte de la malla del recinto y recibiendo los neumáticos el impacto con la base de hormigón que sustentaba la valla rota, lo que le hizo escorarse y volcar.

   Otro de los vehículos impactó con la puerta corrediza y la desplazó lejos. Pasó junto a los cadáveres de los guardias y se llevó por delante el pequeño robot, que minutos antes había orinado el perro. Este furgón recibió las balas del tirador, que apostado en esa amplia atalaya hacía sufrir a los recién llegados. Pero el conductor tuvo la prudencia de ofrecer el costado de su vehículo, con un blindaje mayor.

   El policía que había abandonado su aeronave averiada, logró alcanzar la puerta que dejó abierta el inspector, pero los disparos de la asaltante que había acudido para sorprender a Urbano, le alcanzaron de lleno nada más entrar.

   El inspector comprendió lo que había pasado y decidió eliminar a aquella asesina, pero se veía incapaz de alcanzar las pasarelas elevadas. No le quedó más remedio que disparar desde abajo, iniciándose un intercambio de disparos. La chica optó por retirarse a la carrera, perseguida desde abajo por el policía, pero las paredes cortaron el paso del inspector.

   – ¡Mierda! – se quejó Urbano.

   El tercer furgón había penetrado en el recinto y alcanzado la puerta principal. Sus compañeros respondían al fuego de la ametralladora para impedir el incesante acoso de aquella temible arma.

   Un helicóptero de la policía había acudido a auxiliarles y también realizaba un barrido de la séptima planta. No había ya ningún miramiento a la hora de acabar con sus agresores.

   Al cabo de un largo minuto, el teniente del equipo de asalto dijo:

   – ¡Alto el fuego, alto el fuego!

   Se había percatado de que el tirador de última planta había abandonado su posición.

   Sus hombres habían logrado abandonar el furgón volcado y se preparaban para correr hacia el edificio.

   – Segundo equipo – mandaba el teniente –, aproximaos a la puerta lateral y apoyad al inspector.

   Y así lo hicieron, pero antes de entrar lanzaron en el interior unas bombas de humo y granadas aturdidoras. Tras el estallido, se colocaron las máscaras y entraron.

   El asaltante de la ametralladora hacía tiempo que había dejado su pesada arma. Había descendido rapelando por el hueco central del edificio y ya se había desprendido del arnés. Coincidió con su compañera de la tercera planta, que había bajado con rapidez por las escaleras. Ambos buscaron las pasarelas elevadas. La intención era llegar hasta la sala de los depósitos, donde huirían por el sumidero ya abierto por sus compañeros.

   El líder de los asesinos repelió a la unidad de asalto con su arma, y de inmediato abandonó la recepción. Ascendió por una de las escasas escaleras hasta la pasarela y, al observar la entrada de la policía, detonó la carga. La explosión hirió a varios de los integrantes de la fuerza de asalto, además de repartir los trozos de la inconsciente vigilante por todos lados.

   – ¡Esto está lleno de policías! – gritó por el comunicador a sus compinches – ¡Es el momento de irnos!

   Ya arriba, vio acercarse a su compañera, que había huido de los disparos del inspector.

   La chica que se mantuvo en el furgón, junto al empresario, se había introducido por el enorme desagüe, con el frontal iluminando su incursión.

   Urbano se movía con la pistola presta por delante, desconfiado, cuando unos disparos sonaron en un costado. Otra vez provenían de las pasarelas que él trataba de alcanzar. Era la pareja que había descendido de los pisos superiores. Los impactos extraían chispas de los elementos metálicos. El inspector estaba cerca de la sección del frío, donde la mayoría de las enormes cámaras frigoríficas estaban inactivas, con las puertas abiertas. Se agachó para buscar refugio en las paredes próximas, por debajo de las pasarelas. De pronto, los disparos que le acosaban cesaron. Miró y las figuras de sus atacantes se alejaban a la carrera. Se incorporó y les disparó, sin acertar.

   – ¡No huyáis, cabrones! – se decía conforme corría tras ellos por la planta inferior.

   En eso, algo llamó su atención. Volvió sobre sus pasos y divisó uno de los barriles. Los disparos seguían sonando en las instalaciones.

   Las fuerzas especiales ocupaban el edificio y mantenían el hostigamiento para tratar de acabar con ellos, pero los asesinos les contenían gracias a la evidente ventaja de avanzar por las altas pasarelas. La policía no conseguía cortarles la huida hacia la estancia de los depósitos.

   La joven que caminaba por la tubería de drenaje, se encontró, para su sorpresa, con un insalvable enrejado. Nadie le había dicho nada al respecto.

   – ¿Qué mierda es ésta? – se quejó alarmada.

   Algunos policías y una de las asaltantes resultaron heridos. Otra de las jóvenes que trataba de contenerlos recibió un impacto en la cara. Su compañero la abandonó, nada podía hacer por ella. El líder se llevaba a su compañera, que cojeaba y gritaba por el dolor.

   – ¡Hay una reja, joder, hay una maldita reja! – les decía la otra desde la tubería.

   Urbano vio el reloj de la carga, veinte segundos y contando hacia atrás. Estaba en una ratonera.

   El líder rebasó con su compañera la pequeña puerta de la sala de los depósitos, que les separaba del acoso de la policía. La cerró, cortando el paso a su compañero.

   – ¡Maldita sea, abre! – se quejó éste durante la carrera, disparando contra ella.

   Las balas de los policías impactaban a su alrededor de este último y fueron alcanzándole. Estaba perdido.

   El líder dejó a la compañera junto al sumidero y regresó hasta el inconsciente Miguel Gómez. Manipuló su pulm, activando el sistema que bajaría la compuerta, que tenía un retardo para evitar aprisionar al personal. Las luces y la consiguiente alarma advertían del inminente cierre.

   Penetraron en la tubería y se encontraron con la desesperada compañera, que les decía desde abajo:

   – ¡Hay una reja, no podemos escapar!

   – ¡Ahora da igual, esto va a reventar en un momento! – dijo el líder – ¡Esta compuerta nos mantendrá a salvo, luego ya veremos!

   Pero, aunque la alarma y las luces indicaban que se iba a producir el cierre, jamás se inició, para desesperación de los que estaban en el subsuelo.

   – Señor – informaba en el exterior uno de los policías a su teniente, que controlaba los efectivos con las pantallas –, el inspector García ha visto un barril con carga explosiva.

   – ¡Que salgan de ahí, rápido! – ordenó el teniente.

   – Imposible, acabamos de quedarnos sin comunicaciones. Algo corta la señal – dijo aquel hombre, angustiado.

   Desde la lejanía, una mujer les observaba con la ayuda de unos prismáticos. Era la ingeniera, Amparo Morote. Tenía una tablet desde la que aún controlaba la GABOT UNO y todo cuanto había en ese momento en el edificio.

   El teniente echó a correr sin pensárselo, mientras gritaba por su comunicador:

   – ¡Salid de ahí, joder, salid de ahí! ¡Es una trampa!

   Los policías habían dado con la gran puerta que les separaba de la sala de los depósitos, donde el artificiero había emplazado una carga para abrirla.

   El líder de los asaltantes sacó un mando de su bolsillo, cuyo reloj estaba sincronizado con los detonadores de los barriles, apenas disponía de tres segundos. Pulsó para desactivar las cargas a distancia y su reloj paró. Una de las mujeres, la herida, se sentó pesadamente, pensando que no tenían escapatoria y pronto serían detenidas.

   Urbano corría desesperado por las cámaras de frío, todavía en el interior de la GABOT. Pensaba que aquella instalación estaba destinada a ser su tumba.

   Los detonadores, ajenos a la orden recibida, seguían con su cuenta atrás. Quedaba un segundo.

   El artificiero activó la carga y el fuego abrazó las tres primeras plantas. La explosión desintegró la furgoneta en la que estaba el empresario y las llamas penetraron en el sumidero, fundiendo los cuerpos de sus ocupantes. El resto del edificio no tardó en desplomarse. Nada podía salvarse de aquel infierno.

   El teniente, gracias a su preparación, rodó por el suelo cuando todo tipo de materiales caían a su alrededor. No se movió hasta saberse fuera de peligro. Se levantó un tanto aturdido y miró apenado aquel amasijo. Acababa de perder a toda su unidad.

   – Dios mío – se dijo.

   Dos días más tarde, el comisario Aranda se encontraba ante los restos de la GABOT UNO, que ya habían dejado de humear. El espacio estaba acotado con una valla provisional y una tela que impedía la visión de los trabajos desde el exterior. Dos hombres introducían en una bolsa lo que parecía un cadáver, para luego depositarlo en una caja del tamaño de un ataúd. Uno de ellos se acercó al comisario y le dijo:

   – Ya está.

   – ¿Sabe dónde tiene que llevarlo? – se aseguró Aranda.

   – Sí, señor.

   Al comisario se le veía triste y cansado. Miró la puerta abierta del recinto y pudo reconocer quién conducía el coche que se aproximaba: la subinspectora María.

   – Bien. Ya hemos terminado – decía el comisario al hombre.

   – ¿Quiere verlo? – preguntó el otro.

   – No hace falta – contestó Aranda –. Me voy con mi compañera.

   Con paso derrotado, fue hasta María, que había abandonado el coche, pero sin alejarse de la puerta.

   – Ya podemos irnos – informó resignado el comisario.

   – ¿Era él?

   – Sí – confirmó su jefe.

   – ¿Estás bien?

   – No, pero por lo menos ahora podemos enterrarle – contestó Aranda.

   María iniciaba la marcha, llevando a su lado al comisario.

   – Es el mejor inspector que he conocido – reconoció María –. No compartía algunos de sus métodos, pero…

   – Yo también le echaré de menos. Era mi amigo. Ahora vamos al entierro de los demás. Ya habrá tiempo para el de nuestro querido Urbano.

EPÍLOGO

UNA SEMANA DESDE EL ASALTO

   En una sala privada de su hotel, Nieves Gómez estaba sentada con Concepción Martín y Amparo Morote. Cada una sostenía una copa de champán, escanciado de una lujosa botella que sobresalía en la cubitera. En la mesa cercana quedaban dos copas vacías.

   Nieves seguía vistiendo de negro, aunque no se veía ningún rastro de pena en su semblante por la pérdida de su familia. Concepción revisaba los datos en su tablet y Amparo, fiel a su sonrisa, miraba complacida el rostro serio de su amante.

   En ese momento entró Irene Cruz, llevando un vaso de zumo en una de sus manos, que fue acogida con agrado por la afable Amparo y por Nieves. Concepción se mostró más interesada que efusiva, como siempre. Para ella era la primera hija de un altero que no había resultado estéril, que tuvo que ser fecundada por uno de ellos, uno de los pocos viables para concebir la próxima generación de alter-homos, Javier Gómez. Desde su punto de vista, se trataba de un avance científico con el que estaba plénamente identificada. Luego, sólo hizo falta concebir el plan para ocultar a la segunda generación de alteras fértiles .

   Pensaron que, llegado el momento, Miguel Gómez resultaría un estorbo, por su predisposición hacia los cauces oficiales. El descubrimiento de aquel milagro por las autoridades habría mandado a Irene a una más que probable reclusión. Con la gestación asegurada, el empresario y su hijo resultaron prescindibles. Además, el resultado de la operación permitía a Nieves Gómez controlar la GABOT DOS y asegurar la continuidad de la nueva generación de alteros, habiendo borrado cualquier rastro de Irene Cruz en la nueva base de datos. Nadie sabría nada del proyecto. Tenían suficiente esperma del fallecido, que Irene había recogido pacientemente durante su relación, estando el joven Javier bajo los efectos de las drogas que diseñó Concepción, y que hábilmente le fue suministrando su ardiente y joven amante.

   No habían tomado asiento cuando apareció en la sala la subinspectora María  Pérez, que en el futuro dirigiría la Unidad Argos. Se saludaron y Amparo escanció el burbujeante líquido en la copa de la recién llegada. Ya sólo quedaba una vacía.

   Entró entonces la última pieza de aquel estudiado complot, un altero de ojos claros, azules, fornido, pelo castaño y el cuello de un toro, conocido como “Tier”. Extrajo de su bolsillo el inhibidor y lo dejó sobre la mesa. Ya no lo necesitaba. Él también había desaparecido de la base de datos de los alter-homos. Cogió la botella por el cuello y la alzó para brindar con ella. El resto le imitó.

   “Tier” eructó satisfecho. Amparo rió la ocurrencia, aunque parecía que lo hacía más por satisfacerle que por compartir la grosería. Nieves le detestaba y Conchi le veía como un simple peón en la partida. Irene tomó asiento, curiosa, entre las mujeres a las que veneraba.

   – Tienes tu regalo en la parte trasera – dijo Nieves a “Tier”.

   – ¿Y la pasta? – preguntó.

   Amparo recogió un mochila y se la enseñó.

   – ¡Qué bonita! – aceptó sonriente.

   – ¿No cuentas las tarjetas para ver la suma? – preguntó Nieves.

   – ¿Para qué? – dijo él colocándosela a la espalda –. Siempre podré pedirte más ¿Y la moto?

   – La tienes en la parte de atrás – contestó Conchi conforme alargaba la mano para mostrarle el mando de aquel vehículo que tanto parecía apreciar aquel hombre, con planta de luchador.

   – Me largo, esta reunión es de chicas – comentó mientras lo recogía –. Que tengas muchos alteros, nena – le deseó a Irene.

   La joven le despidió con un gesto.

   “Tier” salió del hotel por la puerta trasera y se encontró con una potente Midual Type eléctrica, negra como el carbón, valorada en casi noventa mil euros. Además, colgaba del manillar un casco a juego con la fabulosa máquina. Se sentía el hombre más satisfecho del mundo. Se colocó el casco, la arrancó y se marchó tranquilamente, acompañado por el silbido eléctrico del robusto motor francés.

FIN